resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
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resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
[size=18]Este fue el ultimo libro que lei, y encontre el resumen por ahi, esta bueno, me gusto tanto que se lo lei a mis hijos y por lo menos a mi hija, le encanto:
El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
I
Cuando el señor Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compró
Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad,
porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa
honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando
llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en
absoluto a vivir en ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la
duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por
completo, motivado por el espanto que experimentó al sentir que dos
manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía
para cenar. Me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma
ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven
actualmente, así como por el rector de la parroquia, el reverendo
Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Después del
trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso
quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a
causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la
biblioteca.
-Señor -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma,
bajo inventario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo
cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros,
jóvenes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente,
que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima
donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en
Europa vendrán a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros
museos públicos o para pasearlo por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-,
aunque quizá se resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de
ustedes. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión,
de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando
está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville.
Amigo mío, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la
Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord
Canterville, que no acababa de comprender la última observación del
señor Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa,
mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La señora Otis, que con el nombre de señorita Lucrecia R. Tappan, de
la calle Oeste, 52, había sido una ilustre “beldad” de Nueva York, era
todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y
un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su país natal,
adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica, y se
figuran que eso es uno de los sellos de distinción de Europa; pero la
señora Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y
hubiese podido citársele en buena lid para sostener la tesis de que lo
tenemos todo en común con Estados Unidos hoy en día, excepto la lengua,
como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres,
en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un
muchacho rubio, de bastante buena figura, que se había erigido en
candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotillón en el casino de
Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por
ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años,
esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de
despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrotó una vez en
carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque,
ganándole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de
Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan delirante en el joven duque
de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores
tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, bañado en lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con
el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre
ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más
próxima, el señor Otis telegrafió que fueran a buscarlo en coche
descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era
una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a
pinos.
De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más
dulce, o se entreveía, entre la maraña y el frufrú de los helechos, la
pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso;
unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o
sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el
cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció
invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó
calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la
casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la señora Umney, el ama de llaves que la señora Otis, a vivos
requerimientos de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a
tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
I
Cuando el señor Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compró
Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad,
porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa
honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando
llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en
absoluto a vivir en ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la
duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por
completo, motivado por el espanto que experimentó al sentir que dos
manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía
para cenar. Me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma
ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven
actualmente, así como por el rector de la parroquia, el reverendo
Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Después del
trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso
quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a
causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la
biblioteca.
-Señor -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma,
bajo inventario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo
cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros,
jóvenes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente,
que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima
donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en
Europa vendrán a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros
museos públicos o para pasearlo por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-,
aunque quizá se resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de
ustedes. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión,
de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando
está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville.
Amigo mío, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la
Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord
Canterville, que no acababa de comprender la última observación del
señor Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa,
mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La señora Otis, que con el nombre de señorita Lucrecia R. Tappan, de
la calle Oeste, 52, había sido una ilustre “beldad” de Nueva York, era
todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y
un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su país natal,
adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica, y se
figuran que eso es uno de los sellos de distinción de Europa; pero la
señora Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y
hubiese podido citársele en buena lid para sostener la tesis de que lo
tenemos todo en común con Estados Unidos hoy en día, excepto la lengua,
como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres,
en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un
muchacho rubio, de bastante buena figura, que se había erigido en
candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotillón en el casino de
Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por
ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años,
esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de
despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrotó una vez en
carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque,
ganándole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de
Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan delirante en el joven duque
de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores
tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, bañado en lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con
el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre
ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más
próxima, el señor Otis telegrafió que fueran a buscarlo en coche
descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era
una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a
pinos.
De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más
dulce, o se entreveía, entre la maraña y el frufrú de los helechos, la
pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso;
unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o
sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el
cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció
invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó
calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la
casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la señora Umney, el ama de llaves que la señora Otis, a vivos
requerimientos de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a
tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
Última edición por cleopatra el Jue Jul 17, 2008 10:08 pm, editado 1 vez
_________________


Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Fecha de inscripción: 14/07/2008
Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
La siguieron, atravesando un hermoso vestíbulo de estilo Túdor,
hasta la biblioteca, largo salón espacioso que terminaba en un ancho
ventanal acristalado.
Estaba preparado el té.
Luego, una vez que se quitaron los trajes de viaje, se sentaron
todos y se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la señora Umney
iba de un lado para el otro.
De pronto, la mirada de la señora Otis cayó sobre una mancha de un
rojo oscuro que había sobre el pavimento, precisamente al lado de la
chimenea y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la señora Umney:
-Veo que han vertido algo en ese sitio.
-Sí, señora -contestó la señora Umney en voz baja-. Ahí se ha vertido sangre.
-¡Es espantoso! -exclamó la señora Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón. Es preciso quitar eso inmediatamente.
La vieja sonrió, y con la misma voz baja y misteriosa respondió:
-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese
mismo sitio por su propio marido, Simón de Canterville, en mil
quinientos sesenta y cinco. Simón la sobrevivió nueve años,
desapareciendo de repente en circunstancias misteriosísimas. Su cuerpo
no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa.
La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras
personas, pero quitarla, imposible.
-Todo eso son tonterías -exclamó Washington Otis-. El detergente y
quitamanchas marca “Campeón Pinkerton” hará desaparecer eso en un abrir
y cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de llaves, aterrada, pudiera intervenir, ya se
había arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de
una sustancia parecida a un cosmético negro. A los pocos instantes la
mancha había desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sabía yo que el “Campeón Pinkerton” la borraría -exclamó en tono
triunfal, paseando una mirada circular sobre su familia, llena de
admiración.
Pero apenas había pronunciado esas palabras, cuando un relámpago
formidable iluminó la estancia sombría, y el retumbar del trueno
levantó a todos, menos a la señora Umney, que se desmayó.
-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo
un largo cigarro-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de
gente, que no hay buen tiempo bastante para todo el mundo. Siempre
opiné que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replicó la señora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. Así no se volverá a desmayar.
En efecto, la señora Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, se
veía que estaba conmovida hondamente, y con voz solemne advirtió a la
señora Otis que debía esperarse algún disgusto en la casa.
-Señores, he visto con mis propios ojos algunas cosas… que pondrían
los pelos de punta a cualquier cristiano. Y durante noches y noches no
he podido pegar los ojos a causa de los hechos terribles que pasaban.
A pesar de lo cual, el señor Otis y su esposa aseguraron vivamente a
la buena mujer que no tenían miedo ninguno de los fantasmas.
La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de
la Providencia sobre sus nuevos amos y de arreglárselas para que le
aumentasen el salario, se retiró a su habitación renqueando.
II
hasta la biblioteca, largo salón espacioso que terminaba en un ancho
ventanal acristalado.
Estaba preparado el té.
Luego, una vez que se quitaron los trajes de viaje, se sentaron
todos y se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la señora Umney
iba de un lado para el otro.
De pronto, la mirada de la señora Otis cayó sobre una mancha de un
rojo oscuro que había sobre el pavimento, precisamente al lado de la
chimenea y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la señora Umney:
-Veo que han vertido algo en ese sitio.
-Sí, señora -contestó la señora Umney en voz baja-. Ahí se ha vertido sangre.
-¡Es espantoso! -exclamó la señora Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón. Es preciso quitar eso inmediatamente.
La vieja sonrió, y con la misma voz baja y misteriosa respondió:
-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese
mismo sitio por su propio marido, Simón de Canterville, en mil
quinientos sesenta y cinco. Simón la sobrevivió nueve años,
desapareciendo de repente en circunstancias misteriosísimas. Su cuerpo
no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa.
La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras
personas, pero quitarla, imposible.
-Todo eso son tonterías -exclamó Washington Otis-. El detergente y
quitamanchas marca “Campeón Pinkerton” hará desaparecer eso en un abrir
y cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de llaves, aterrada, pudiera intervenir, ya se
había arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de
una sustancia parecida a un cosmético negro. A los pocos instantes la
mancha había desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sabía yo que el “Campeón Pinkerton” la borraría -exclamó en tono
triunfal, paseando una mirada circular sobre su familia, llena de
admiración.
Pero apenas había pronunciado esas palabras, cuando un relámpago
formidable iluminó la estancia sombría, y el retumbar del trueno
levantó a todos, menos a la señora Umney, que se desmayó.
-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo
un largo cigarro-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de
gente, que no hay buen tiempo bastante para todo el mundo. Siempre
opiné que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replicó la señora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. Así no se volverá a desmayar.
En efecto, la señora Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, se
veía que estaba conmovida hondamente, y con voz solemne advirtió a la
señora Otis que debía esperarse algún disgusto en la casa.
-Señores, he visto con mis propios ojos algunas cosas… que pondrían
los pelos de punta a cualquier cristiano. Y durante noches y noches no
he podido pegar los ojos a causa de los hechos terribles que pasaban.
A pesar de lo cual, el señor Otis y su esposa aseguraron vivamente a
la buena mujer que no tenían miedo ninguno de los fantasmas.
La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de
la Providencia sobre sus nuevos amos y de arreglárselas para que le
aumentasen el salario, se retiró a su habitación renqueando.
II
_________________


Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Edad: 29
Localización: Los polvoronchos city
Fecha de inscripción: 14/07/2008
Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
La tempestad se desencadenó durante toda la noche, pero no produjo
nada extraordinario. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a
almorzar, encontraron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.
-No creo que tenga la culpa el “limpiador sin rival” -dijo
Washington-, pues lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser
el fantasma.
En consecuencia, borró la mancha, después de frotar un poco. Al otro
día, por la mañana, había reaparecido. Y, sin embargo, la biblioteca
había permanecido cerrada la noche anterior, porque el señor Otis se
había llevado la llave para arriba. Desde entonces, la familia empezó a
interesarse por aquello. El señor Otis se hallaba a punto de creer que
había estado demasiado dogmático negando la existencia de los
fantasmas. La señora Otis expresó su intención de afiliarse a la
Sociedad Psíquica, y Washington preparó una larga carta a los señores
Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre
cuando provienen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas
sobre la existencia objetiva de los fantasmas.
La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un
paseo en coche. Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena. La
conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que
faltaban hasta las condiciones más elementales de “espera” y de
“receptibilidad” que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos.
Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la señora
Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los
norteamericanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por
ejemplo, la inmensa superioridad de miss Janny Davenport sobre Sarah
Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde,
galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la
importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las
ventajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los
viajeros, y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de
Londres. No se trató para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la
menor alusión indirecta a Simón de Canterville. A las once, la familia
se retiró. A las doce y media estaban apagadas todas las luces. Poco
después, el señor Otis se despertó con un ruido singular en el
corredor, fuera de su habitación. Parecía un ruido de hierros viejos, y
se acercaba cada vez más. Se levantó en el acto, encendió la luz y miró
la hora. Era la una en punto. El señor Otis estaba perfectamente
tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alterado. El ruido
extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar de
unos pasos. El señor Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito
alargado de su tocador y abrió la puerta. Y vio frente a él, en el
pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parecían
carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones
revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban
manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas
pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.
-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue
vivamente que engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella
de “Engrasador Tammany-Sol-Levante”. Dicen que una sola untura es
eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros
agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela
aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en
proporcionarle más, si así lo desea.
Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó el frasquito
sobre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la
cama.
El fantasma de Canterville permaneció algunos minutos inmóvil de
indignación. Después tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo
encerado y huyó por el corredor, lanzando gruñidos cavernosos y
despidiendo una extraña luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la
gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos
siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le
rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder; así es que,
utilizando como medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se
desvaneció a través del estuco, y la casa recobró su tranquilidad.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo
de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta
de su situación. Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya
trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de
la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando
mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro
doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones
histéricas, sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las
habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya
vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a
una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda
clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac,
que, al despertarse a medianoche, lo vio sentado en un sillón, al lado
de la lumbre, en forma de esqueleto, entretenido en leer el diario que
redactaba ella de su vida, y que de resultas de la impresión tuvo que
guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez
curada se reconcilió con la iglesia y rompió toda clase de relaciones
con el señalado escéptico monsieur de Voltaire. Recordó igualmente la
noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado
agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la
garganta, viéndose obligado a confesar que por medio de aquella carta
había timado la suma de diez mil libras a Carlos Fos, en casa de
Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar el fantasma.
Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente. Vio desfilar al
mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano
verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield,
condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro
para tapar la señal de cinco dedos, impresos como un hierro candente
sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había
al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo ególatra del
verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se
dedicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de
“Rubén el Rojo”, o “el rorro estrangulado”, su “debut” en el “Gibeén,
el Vampiro flaco del páramo de Bevley”, y el furor que causó una tarde
encantadora de junio sólo con jugar a los bolos con sus propios huesos
sobre el campo de hierba de “lawn-tennis”. ¿Y todo para qué? ¡Para que
unos miserables norteamericanos le ofreciesen el engrasador marca
“Sol-Levante” y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente
intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado
ningún fantasma de aquella manera. Llegó a la conclusión de que era
preciso tomarse la revancha, y permaneció hasta el amanecer en actitud
de profunda meditación.
III
nada extraordinario. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a
almorzar, encontraron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.
-No creo que tenga la culpa el “limpiador sin rival” -dijo
Washington-, pues lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser
el fantasma.
En consecuencia, borró la mancha, después de frotar un poco. Al otro
día, por la mañana, había reaparecido. Y, sin embargo, la biblioteca
había permanecido cerrada la noche anterior, porque el señor Otis se
había llevado la llave para arriba. Desde entonces, la familia empezó a
interesarse por aquello. El señor Otis se hallaba a punto de creer que
había estado demasiado dogmático negando la existencia de los
fantasmas. La señora Otis expresó su intención de afiliarse a la
Sociedad Psíquica, y Washington preparó una larga carta a los señores
Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre
cuando provienen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas
sobre la existencia objetiva de los fantasmas.
La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un
paseo en coche. Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena. La
conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que
faltaban hasta las condiciones más elementales de “espera” y de
“receptibilidad” que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos.
Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la señora
Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los
norteamericanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por
ejemplo, la inmensa superioridad de miss Janny Davenport sobre Sarah
Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde,
galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la
importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las
ventajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los
viajeros, y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de
Londres. No se trató para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la
menor alusión indirecta a Simón de Canterville. A las once, la familia
se retiró. A las doce y media estaban apagadas todas las luces. Poco
después, el señor Otis se despertó con un ruido singular en el
corredor, fuera de su habitación. Parecía un ruido de hierros viejos, y
se acercaba cada vez más. Se levantó en el acto, encendió la luz y miró
la hora. Era la una en punto. El señor Otis estaba perfectamente
tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alterado. El ruido
extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar de
unos pasos. El señor Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito
alargado de su tocador y abrió la puerta. Y vio frente a él, en el
pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parecían
carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones
revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban
manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas
pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.
-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue
vivamente que engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella
de “Engrasador Tammany-Sol-Levante”. Dicen que una sola untura es
eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros
agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela
aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en
proporcionarle más, si así lo desea.
Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó el frasquito
sobre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la
cama.
El fantasma de Canterville permaneció algunos minutos inmóvil de
indignación. Después tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo
encerado y huyó por el corredor, lanzando gruñidos cavernosos y
despidiendo una extraña luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la
gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos
siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le
rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder; así es que,
utilizando como medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se
desvaneció a través del estuco, y la casa recobró su tranquilidad.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo
de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta
de su situación. Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya
trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de
la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando
mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro
doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones
histéricas, sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las
habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya
vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a
una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda
clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac,
que, al despertarse a medianoche, lo vio sentado en un sillón, al lado
de la lumbre, en forma de esqueleto, entretenido en leer el diario que
redactaba ella de su vida, y que de resultas de la impresión tuvo que
guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez
curada se reconcilió con la iglesia y rompió toda clase de relaciones
con el señalado escéptico monsieur de Voltaire. Recordó igualmente la
noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado
agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la
garganta, viéndose obligado a confesar que por medio de aquella carta
había timado la suma de diez mil libras a Carlos Fos, en casa de
Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar el fantasma.
Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente. Vio desfilar al
mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano
verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield,
condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro
para tapar la señal de cinco dedos, impresos como un hierro candente
sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había
al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo ególatra del
verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se
dedicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de
“Rubén el Rojo”, o “el rorro estrangulado”, su “debut” en el “Gibeén,
el Vampiro flaco del páramo de Bevley”, y el furor que causó una tarde
encantadora de junio sólo con jugar a los bolos con sus propios huesos
sobre el campo de hierba de “lawn-tennis”. ¿Y todo para qué? ¡Para que
unos miserables norteamericanos le ofreciesen el engrasador marca
“Sol-Levante” y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente
intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado
ningún fantasma de aquella manera. Llegó a la conclusión de que era
preciso tomarse la revancha, y permaneció hasta el amanecer en actitud
de profunda meditación.
III
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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Cuando a la mañana siguiente el almuerzo reunió a la familia Otis,
se discutió extensamente acerca del fantasma. El ministro de los
Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido viendo que su
ofrecimiento no había sido aceptado.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma
-dijo-, y reconozco que, dada la larga duración de su estancia en la
casa, no era nada cortés tirarle una almohada a la cabeza…
Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó una explosión de risa en los gemelos.
-Pero, por otro lado -prosiguió el señor Otis-, si se empeña, sin
más ni más, en no hacer uso del engrasador marca “Sol-Levante”, nos
veremos precisados a quitarle las cadenas. No habría manera de dormir
con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.
Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo
único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la
mancha de sangre sobre el parqué de la biblioteca. Era realmente muy
extraño, tanto más cuanto que el señor Otis cerraba la puerta con llave
por la noche, igual que las ventanas. Los cambios de color que sufría
la mancha, comparables a los de un camaleón, produjeron asimismo
frecuentes comentarios en la familia. Una mañana era de un rojo oscuro,
casi violáceo; otras veces era bermellón; luego, de un púrpura
espléndido, y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos
de la libre iglesia episcopal reformada de Norteamérica, la encontraron
de un hermoso verde esmeralda. Como era natural, estos cambios
caleidoscópicos divirtieron grandemente a la reunión y se hacían
apuestas todas las noches con entera tranquilidad. La única persona que
no tomó parte en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas,
sentíase siempre impresionada ante la mancha de sangre, y estuvo a
punto de llorar la mañana que apareció verde esmeralda.
El fantasma hizo su segunda aparición el domingo por la noche. Al
poco tiempo de estar todos ellos acostados, les alarmó un enorme
estrépito que se oyó en el salón. Bajaron apresuradamente, y se
encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su
soporte y caído sobre las losas. Cerca de allí, sentado en un sillón de
alto respaldo, el fantasma de Canterville se restregaba las rodillas,
con una expresión de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos, que se
habían provisto de sus hondas, le lanzaron inmediatamente dos balines,
con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de largos y
pacientes ejercicios sobre el profesor de caligrafía. Mientras tanto,
el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la amenaza
de su revólver, y, conforme a la etiqueta californiana, lo instaba a
levantar los brazos. El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito
de furor salvaje, y se disipó en medio de ellos, como una niebla,
apagando de paso la vela de Washington Otis y dejándolos a todos en la
mayor oscuridad. Cuando llegó a lo alto de la escalera, una vez dueño
de sí, se decidió a lanzar su célebre repique de carcajadas satánicas,
que en más de una ocasión le habían sido muy útiles. Contaba la gente
que aquello hizo encanecer en una sola noche el peluquín de lord Raker.
Y que tres sucesivas amas de llaves renunciaron antes de terminar el
primer mes en su cargo. Por consiguiente, lanzó su carcajada más
horrible, despertando paulatinamente los ecos en las antiguas bóvedas;
pero, apagados éstos, se abrió una puerta y apareció, vestida de azul
claro, la señora Otis.
-Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto, y aquí le traigo
un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una
indigestión, esto le sentará bien.
El fantasma la miró con ojos llameantes de furor y se creyó en el
deber de metamorfosearse en un gran perro negro. Era un truco que le
había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía la idiotez
incurable del tío de lord Canterville, el honorable Tomás Horton. Pero
un ruido de pasos que se acercaban le hizo vacilar en su cruel
determinación, y se contentó con volverse un poco fosforescente. En
seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, porque
los gemelos iban a darle alcance.
Una vez en su habitación se sintió destrozado, presa de la agitación
más violenta. La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de
la señora Otis, todo aquello resultaba realmente vejatorio; pero lo que
más lo humillaba era no tener ya fuerzas para llevar una armadura.
Contaba con hacer impresión aun en esos norteamericanos modernos, con
hacerles estremecer a la vista de un espectro acorazado, ya que no por
motivos razonables, al menos por deferencia hacia su poeta nacional
Longfellow, cuyas poesías, delicadas y atrayentes, le habían ayudado
con frecuencia a matar el tiempo, mientras los Canterville estaban en
Londres. Además, era su propia armadura. La llevó con éxito en el
torneo de Kenilworth, siendo felicitado calurosamente por la
Reina-Virgen en persona. Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado
por completo por el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se
desplomó pesadamente sobre las losas de piedra, despellejándose las
rodillas y contusionándose la muñeca derecha.
Durante varios días estuvo malísimo y no pudo salir de su morada más
que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de sangre. No
obstante lo cual, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y
decidió hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los
Estados Unidos y a su familia. Eligió para su reaparición en escena el
viernes 17 de agosto, consagrando gran parte del día a pasar revista a
sus trajes. Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada
por un lado y caída del otro, con una pluma roja; en un sudario
deshilachado por las mangas y el cuello y, por último, en un puñal
mohoso. Al atardecer estalló una gran tormenta. El viento era tan
fuerte que sacudía y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la
vetusta casa. Realmente aquél era el tiempo que le convenía. He aquí lo
que pensaba hacer: Iría sigilosamente a la habitación de Washington
Otis, le musitaría unas frases ininteligibles, quedándose al pie de la
cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal en la garganta, a los
sones de una música apagada. Odiaba sobre todo a Washington, porque
sabía perfectamente que era él quien acostumbraba quitar la famosa
mancha de sangre de Canterville, empleando el “limpiador incomparable
de Pinkerton”. Después de reducir al temerario, al despreocupado joven,
entraría en la habitación que ocupaba el ministro de los Estados Unidos
y su mujer. Una vez allí, colocaría una mano viscosa sobre la frente de
la señora Otis, y al mismo tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído
del ministro tembloroso, los secretos terribles del osario. En cuanto a
la pequeña Virginia, aún no tenía decidido nada. No lo había insultado
nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que
saliesen del armario, le parecían más que suficientes, y si no bastaban
para despertarla, llegaría hasta tirarle de la puntita de la nariz con
sus dedos rígidos por la parálisis. A los gemelos estaba resuelto a
darles una lección: lo primero que haría sería sentarse sobre sus
pechos, con el objeto de producirles la sensación de pesadilla. Luego,
aprovechando que sus camas estaban muy juntas, se alzaría en el espacio
libre entre ellas, con el aspecto de un cadáver verde y frío como el
hielo, hasta que se quedaran paralizados de terror. En seguida, tirando
bruscamente su sudario, daría la vuelta al dormitorio en cuatro patas,
como un esqueleto blanqueado por el tiempo, moviendo los ojos de sus
órbitas, en su creación de “Daniel el Mudo, o el esqueleto del
suicida”, papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones.
Creía estar tan bien en éste como en su otro papel de “Martín el
Demente o el misterio enmascarado
se discutió extensamente acerca del fantasma. El ministro de los
Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido viendo que su
ofrecimiento no había sido aceptado.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma
-dijo-, y reconozco que, dada la larga duración de su estancia en la
casa, no era nada cortés tirarle una almohada a la cabeza…
Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó una explosión de risa en los gemelos.
-Pero, por otro lado -prosiguió el señor Otis-, si se empeña, sin
más ni más, en no hacer uso del engrasador marca “Sol-Levante”, nos
veremos precisados a quitarle las cadenas. No habría manera de dormir
con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.
Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo
único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la
mancha de sangre sobre el parqué de la biblioteca. Era realmente muy
extraño, tanto más cuanto que el señor Otis cerraba la puerta con llave
por la noche, igual que las ventanas. Los cambios de color que sufría
la mancha, comparables a los de un camaleón, produjeron asimismo
frecuentes comentarios en la familia. Una mañana era de un rojo oscuro,
casi violáceo; otras veces era bermellón; luego, de un púrpura
espléndido, y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos
de la libre iglesia episcopal reformada de Norteamérica, la encontraron
de un hermoso verde esmeralda. Como era natural, estos cambios
caleidoscópicos divirtieron grandemente a la reunión y se hacían
apuestas todas las noches con entera tranquilidad. La única persona que
no tomó parte en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas,
sentíase siempre impresionada ante la mancha de sangre, y estuvo a
punto de llorar la mañana que apareció verde esmeralda.
El fantasma hizo su segunda aparición el domingo por la noche. Al
poco tiempo de estar todos ellos acostados, les alarmó un enorme
estrépito que se oyó en el salón. Bajaron apresuradamente, y se
encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su
soporte y caído sobre las losas. Cerca de allí, sentado en un sillón de
alto respaldo, el fantasma de Canterville se restregaba las rodillas,
con una expresión de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos, que se
habían provisto de sus hondas, le lanzaron inmediatamente dos balines,
con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de largos y
pacientes ejercicios sobre el profesor de caligrafía. Mientras tanto,
el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la amenaza
de su revólver, y, conforme a la etiqueta californiana, lo instaba a
levantar los brazos. El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito
de furor salvaje, y se disipó en medio de ellos, como una niebla,
apagando de paso la vela de Washington Otis y dejándolos a todos en la
mayor oscuridad. Cuando llegó a lo alto de la escalera, una vez dueño
de sí, se decidió a lanzar su célebre repique de carcajadas satánicas,
que en más de una ocasión le habían sido muy útiles. Contaba la gente
que aquello hizo encanecer en una sola noche el peluquín de lord Raker.
Y que tres sucesivas amas de llaves renunciaron antes de terminar el
primer mes en su cargo. Por consiguiente, lanzó su carcajada más
horrible, despertando paulatinamente los ecos en las antiguas bóvedas;
pero, apagados éstos, se abrió una puerta y apareció, vestida de azul
claro, la señora Otis.
-Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto, y aquí le traigo
un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una
indigestión, esto le sentará bien.
El fantasma la miró con ojos llameantes de furor y se creyó en el
deber de metamorfosearse en un gran perro negro. Era un truco que le
había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía la idiotez
incurable del tío de lord Canterville, el honorable Tomás Horton. Pero
un ruido de pasos que se acercaban le hizo vacilar en su cruel
determinación, y se contentó con volverse un poco fosforescente. En
seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, porque
los gemelos iban a darle alcance.
Una vez en su habitación se sintió destrozado, presa de la agitación
más violenta. La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de
la señora Otis, todo aquello resultaba realmente vejatorio; pero lo que
más lo humillaba era no tener ya fuerzas para llevar una armadura.
Contaba con hacer impresión aun en esos norteamericanos modernos, con
hacerles estremecer a la vista de un espectro acorazado, ya que no por
motivos razonables, al menos por deferencia hacia su poeta nacional
Longfellow, cuyas poesías, delicadas y atrayentes, le habían ayudado
con frecuencia a matar el tiempo, mientras los Canterville estaban en
Londres. Además, era su propia armadura. La llevó con éxito en el
torneo de Kenilworth, siendo felicitado calurosamente por la
Reina-Virgen en persona. Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado
por completo por el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se
desplomó pesadamente sobre las losas de piedra, despellejándose las
rodillas y contusionándose la muñeca derecha.
Durante varios días estuvo malísimo y no pudo salir de su morada más
que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de sangre. No
obstante lo cual, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y
decidió hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los
Estados Unidos y a su familia. Eligió para su reaparición en escena el
viernes 17 de agosto, consagrando gran parte del día a pasar revista a
sus trajes. Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada
por un lado y caída del otro, con una pluma roja; en un sudario
deshilachado por las mangas y el cuello y, por último, en un puñal
mohoso. Al atardecer estalló una gran tormenta. El viento era tan
fuerte que sacudía y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la
vetusta casa. Realmente aquél era el tiempo que le convenía. He aquí lo
que pensaba hacer: Iría sigilosamente a la habitación de Washington
Otis, le musitaría unas frases ininteligibles, quedándose al pie de la
cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal en la garganta, a los
sones de una música apagada. Odiaba sobre todo a Washington, porque
sabía perfectamente que era él quien acostumbraba quitar la famosa
mancha de sangre de Canterville, empleando el “limpiador incomparable
de Pinkerton”. Después de reducir al temerario, al despreocupado joven,
entraría en la habitación que ocupaba el ministro de los Estados Unidos
y su mujer. Una vez allí, colocaría una mano viscosa sobre la frente de
la señora Otis, y al mismo tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído
del ministro tembloroso, los secretos terribles del osario. En cuanto a
la pequeña Virginia, aún no tenía decidido nada. No lo había insultado
nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que
saliesen del armario, le parecían más que suficientes, y si no bastaban
para despertarla, llegaría hasta tirarle de la puntita de la nariz con
sus dedos rígidos por la parálisis. A los gemelos estaba resuelto a
darles una lección: lo primero que haría sería sentarse sobre sus
pechos, con el objeto de producirles la sensación de pesadilla. Luego,
aprovechando que sus camas estaban muy juntas, se alzaría en el espacio
libre entre ellas, con el aspecto de un cadáver verde y frío como el
hielo, hasta que se quedaran paralizados de terror. En seguida, tirando
bruscamente su sudario, daría la vuelta al dormitorio en cuatro patas,
como un esqueleto blanqueado por el tiempo, moviendo los ojos de sus
órbitas, en su creación de “Daniel el Mudo, o el esqueleto del
suicida”, papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones.
Creía estar tan bien en éste como en su otro papel de “Martín el
Demente o el misterio enmascarado
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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
A las diez y media oyó subir a la familia a acostarse. Durante
algunos instantes lo inquietaron las tumultuosas carcajadas de los
gemelos, que se divertían evidentemente, con su loca alegría de
colegiales, antes de meterse en la cama. Pero a las once y cuarto todo
quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en
camino. La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El
cuervo crascitaba en el hueco de un tejo centenario y el viento gemía
vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la familia
Otis dormía, sin sospechar la suerte que le esperaba. Oía con toda
claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos,
que dominaban el ruido de la lluvia y de la tormenta. Se deslizó
furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba
sobre su boca cruel y arrugada, y la luna escondió su rostro tras una
nube cuando pasó delante de la gran ventana ojival, sobre la que
estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su
esposa asesinada. Seguía andando siempre, deslizándose como una sombra
funesta, que parecía hacer retroceder de espanto a las mismas tinieblas
en su camino. En un momento dado le pareció oír que alguien lo llamaba:
se detuvo, pero era tan sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja.
Prosiguió su marcha, refunfuñando extraños juramentos del siglo XVI, y
blandiendo de cuando en cuando el puñal enmohecido en el aire de
medianoche. Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la
habitación de Washington. Allí hizo una breve parada. El viento agitaba
en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en pliegues
grotescos y fantásticos el horror indecible del fúnebre sudario. Sonó
entonces el cuarto en el reloj. Comprendió que había llegado el
momento. Se dedicó una risotada y dio la vuelta a la esquina. Pero
apenas lo hizo retrocedió, lanzando un gemido lastimero de terror y
escondiendo su cara lívida entre sus largas manos huesosas. Frente a él
había un horrible espectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como
la pesadilla de un loco. La cabeza del espectro era pelada y
reluciente; su faz, redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa
parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a
oleadas una luz escarlata, la boca tenía el aspecto de un ancho pozo de
fuego, y una vestidura horrible, como la de él, como la del mismo
Simón, envolvía con su nieve silenciosa aquella forma gigantesca. Sobre
el pecho tenía colgado un cartel con una inscripción en caracteres
extraños y antiguos. Quizá era un rótulo infamante, donde estaban
escritos delitos espantosos, una terrible lista de crímenes. Tenía, por
último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplandeciente.
Como nunca antes había visto fantasmas, naturalmente sintió un
pánico terrible, y, después de lanzar a toda prisa una segunda mirada
sobre el monstruo atroz, regresó a su habitación, trompicando en el
sudario que le envolvía. Cruzó la galería corriendo, y acabó por dejar
caer el puñal enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo
encontró el mayordomo al día siguiente. Una vez refugiado en su retiro,
se desplomó sobre un reducido catre de tijera, tapándose la cabeza con
las sábanas. Pero, al cabo de un momento, el valor indomable de los
antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar
al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el
alba plateó las colinas, volvió al sitio en que había visto por primera
vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas
valían más que uno solo, y que con ayuda de su nuevo amigo podría
contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio
se halló en presencia de un espectáculo terrible. Le sucedía algo
indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por
completo de sus órbitas. La cimitarra centelleante se había caído de su
mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e
incómoda. Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos;
pero cuál no sería su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el
suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que
abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yacían a sus pies
una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder
comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el
cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras
terribles:
He aquí al fantasma Otis
El único espíritu auténtico y verdadero
Desconfíen de las imitaciones
Todos los demás son falsificaciones
algunos instantes lo inquietaron las tumultuosas carcajadas de los
gemelos, que se divertían evidentemente, con su loca alegría de
colegiales, antes de meterse en la cama. Pero a las once y cuarto todo
quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en
camino. La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El
cuervo crascitaba en el hueco de un tejo centenario y el viento gemía
vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la familia
Otis dormía, sin sospechar la suerte que le esperaba. Oía con toda
claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos,
que dominaban el ruido de la lluvia y de la tormenta. Se deslizó
furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba
sobre su boca cruel y arrugada, y la luna escondió su rostro tras una
nube cuando pasó delante de la gran ventana ojival, sobre la que
estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su
esposa asesinada. Seguía andando siempre, deslizándose como una sombra
funesta, que parecía hacer retroceder de espanto a las mismas tinieblas
en su camino. En un momento dado le pareció oír que alguien lo llamaba:
se detuvo, pero era tan sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja.
Prosiguió su marcha, refunfuñando extraños juramentos del siglo XVI, y
blandiendo de cuando en cuando el puñal enmohecido en el aire de
medianoche. Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la
habitación de Washington. Allí hizo una breve parada. El viento agitaba
en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en pliegues
grotescos y fantásticos el horror indecible del fúnebre sudario. Sonó
entonces el cuarto en el reloj. Comprendió que había llegado el
momento. Se dedicó una risotada y dio la vuelta a la esquina. Pero
apenas lo hizo retrocedió, lanzando un gemido lastimero de terror y
escondiendo su cara lívida entre sus largas manos huesosas. Frente a él
había un horrible espectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como
la pesadilla de un loco. La cabeza del espectro era pelada y
reluciente; su faz, redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa
parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a
oleadas una luz escarlata, la boca tenía el aspecto de un ancho pozo de
fuego, y una vestidura horrible, como la de él, como la del mismo
Simón, envolvía con su nieve silenciosa aquella forma gigantesca. Sobre
el pecho tenía colgado un cartel con una inscripción en caracteres
extraños y antiguos. Quizá era un rótulo infamante, donde estaban
escritos delitos espantosos, una terrible lista de crímenes. Tenía, por
último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplandeciente.
Como nunca antes había visto fantasmas, naturalmente sintió un
pánico terrible, y, después de lanzar a toda prisa una segunda mirada
sobre el monstruo atroz, regresó a su habitación, trompicando en el
sudario que le envolvía. Cruzó la galería corriendo, y acabó por dejar
caer el puñal enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo
encontró el mayordomo al día siguiente. Una vez refugiado en su retiro,
se desplomó sobre un reducido catre de tijera, tapándose la cabeza con
las sábanas. Pero, al cabo de un momento, el valor indomable de los
antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar
al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el
alba plateó las colinas, volvió al sitio en que había visto por primera
vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas
valían más que uno solo, y que con ayuda de su nuevo amigo podría
contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio
se halló en presencia de un espectáculo terrible. Le sucedía algo
indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por
completo de sus órbitas. La cimitarra centelleante se había caído de su
mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e
incómoda. Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos;
pero cuál no sería su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el
suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que
abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yacían a sus pies
una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder
comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el
cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras
terribles:
He aquí al fantasma Otis
El único espíritu auténtico y verdadero
Desconfíen de las imitaciones
Todos los demás son falsificaciones
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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Y la entera verdad se le apareció como un relámpago. ¡Había sido
burlado, chasqueado, engañado! La expresión característica de los
Canterville reapareció en sus ojos, apretó las mandíbulas desdentadas
y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según
el ritual pintoresco de la antigua escuela, “que cuando el gallo tocara
por dos veces el cuerno de su alegre llamada se consumarían sangrientas
hazañas, y el crimen, de callado paso, saldría de su retiro”.
No había terminado de formular este juramento terrible, cuando de
una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un
gallo. Lanzó una larga risotada, lenta y amarga, y esperó. Esperó una
hora, y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a
cantar el gallo. Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las
criadas lo obligó a abandonar su terrible guardia y regresó a su
morada, con altivo paso, pensando en su juramento vano y en su vano
proyecto fracasado. Una vez allí consultó varios libros de caballería,
cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el
gallo cantó siempre dos veces en cuantas ocasiones se recurrió a aquel
juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese animal volátil! -murmuró-. ¡En otro
tiempo hubiese caído sobre él con mi buena lanza, atravesándole el
cuello y obligándolo a cantar otra vez para mí, aunque reventara!
Y dicho esto se retiró a su confortable caja de plomo, y allí permaneció hasta la noche.
IV
Al día siguiente el fantasma se sintió muy débil y cansado. Las
terribles emociones de las cuatro últimas semanas empezaban a producir
su efecto. Tenía el sistema nervioso completamente alterado, y temblaba
al más ligero ruido. No salió de su habitación en cinco días, y
concluyó por hacer una concesión en lo relativo a la mancha de sangre
del parqué de la biblioteca. Puesto que la familia Otis no quería
verla, era indudable que no la merecía. Aquella gente estaba colocada a
ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de
apreciar el valor simbólico de los fenómenos sensibles. La cuestión de
las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos
astrales era realmente para ellos cosa desconocida e indiscutiblemente
fuera de su alcance. Pero, por lo menos, constituía para él un deber
ineludible mostrarse en el corredor una vez a la semana y farfullar por
la gran ventana ojival el primero y el tercer miércoles de cada mes. No
veía ningún medio digno de sustraerse a aquella obligación. Verdad es
que su vida fue muy criminal; pero, quitado eso, era hombre muy
concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural. Así,
pues, los tres sábados siguientes atravesó, como de costumbre, el
corredor entre doce de la noche y tres de la madrugada, tomando todas
las precauciones posibles para no ser visto ni oído. Se quitaba las
botas, pisaba lo más ligeramente que podía sobre las viejas maderas
carcomidas, se envolvía en una gran capa de terciopelo negro, y no
dejaba de usar el engrasador “Sol-Levante” para sus cadenas. Me veo
precisado a reconocer que sólo después de muchas vacilaciones se
decidió a adoptar este último medio de protección. Pero, al fin, una
noche, mientras cenaba la familia, se deslizó en el dormitorio de la
señora Otis y se llevó el frasquito. Al principio se sintió un poco
humillado, pero después fue suficientemente razonable para comprender
que aquel invento merecía grandes elogios y cooperaba, en cierto modo,
a la realización de sus proyectos. A pesar de todo, no se vio libre de
problemas. No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del
corredor para hacerlo tropezar en la oscuridad, y una vez que se había
disfrazado para el papel de “Isaac el Negro o el cazador del bosque de
Hogsley”, cayó cuan largo era al poner el pie sobre una pista de
maderas enjabonadas que habían colocado los gemelos desde el umbral del
salón de Tapices hasta la parte alta de la escalera de roble. Esta
última afrenta le dio tal rabia, que decidió hacer un esfuerzo para
imponer su dignidad y consolidar su posición social, y formó el
proyecto de visitar a la noche siguiente a los insolentes chicos de
Eton, en su célebre papel de “Ruperto el Temerario o el conde sin
cabeza”.
No se había mostrado con aquel disfraz desde hacía sesenta años, es
decir, desde que causó con él tal pavor a la bella lady Bárbara Modish,
que ésta retiró su consentimiento al abuelo de actual lord Canterville
y se fugó a Gretna Green con el arrogante Jach Castletown, jurando que
por nada del mundo consentiría en emparentar con una familia que
toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la terraza, al
atardecer. El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo por lord
Canterville en la pradera de Wandsworth, y lady Bárbara murió de pena
en Tumbridge Wells antes de terminar el año; así es que fue un gran
éxito en todos los sentidos. Sin embargo, era, permitiéndome emplear un
término de argot teatral para aplicarlo a uno de los mayores misterios
del mundo sobrenatural (o en lenguaje más científico), “del mundo
superior a la Naturaleza”, era, repito, una creación de las más
difíciles, y necesitó sus tres buenas horas para terminar los
preparativos. Por fin, todo estuvo listo, y él contentísimo de su
disfraz. Las grandes botas de montar, que hacían juego con el traje,
eran, eso sí, un poco holgadas para él, y no pudo encontrar más que una
de las dos pistolas del arzón; pero, en general, quedó satisfechísimo,
y a la una y cuarto pasó a través del estuco y bajó al corredor. Cuando
estuvo cerca de la habitación ocupada por los gemelos, a la que llamaré
el dormitorio azul, por el color de sus cortinajes, se encontró con la
puerta entreabierta. A fin de hacer una entrada sensacional, la empujó
con violencia, pero se le vino encima una jarra de agua que le empapó
hasta los huesos, no dándole en el hombro por unos milímetros. Al mismo
tiempo oyó unas risas sofocadas que partían de la doble cama con dosel.
Su sistema nervioso sufrió tal conmoción, que regresó a sus
habitaciones a todo escape, y al día siguiente tuvo que permanecer en
cama con un fuerte reuma. El único consuelo que tuvo fue el de no haber
llevado su cabeza sobre los hombros, pues sin esto las consecuencias
hubieran podido ser más graves.
burlado, chasqueado, engañado! La expresión característica de los
Canterville reapareció en sus ojos, apretó las mandíbulas desdentadas
y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según
el ritual pintoresco de la antigua escuela, “que cuando el gallo tocara
por dos veces el cuerno de su alegre llamada se consumarían sangrientas
hazañas, y el crimen, de callado paso, saldría de su retiro”.
No había terminado de formular este juramento terrible, cuando de
una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un
gallo. Lanzó una larga risotada, lenta y amarga, y esperó. Esperó una
hora, y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a
cantar el gallo. Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las
criadas lo obligó a abandonar su terrible guardia y regresó a su
morada, con altivo paso, pensando en su juramento vano y en su vano
proyecto fracasado. Una vez allí consultó varios libros de caballería,
cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el
gallo cantó siempre dos veces en cuantas ocasiones se recurrió a aquel
juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese animal volátil! -murmuró-. ¡En otro
tiempo hubiese caído sobre él con mi buena lanza, atravesándole el
cuello y obligándolo a cantar otra vez para mí, aunque reventara!
Y dicho esto se retiró a su confortable caja de plomo, y allí permaneció hasta la noche.
IV
Al día siguiente el fantasma se sintió muy débil y cansado. Las
terribles emociones de las cuatro últimas semanas empezaban a producir
su efecto. Tenía el sistema nervioso completamente alterado, y temblaba
al más ligero ruido. No salió de su habitación en cinco días, y
concluyó por hacer una concesión en lo relativo a la mancha de sangre
del parqué de la biblioteca. Puesto que la familia Otis no quería
verla, era indudable que no la merecía. Aquella gente estaba colocada a
ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de
apreciar el valor simbólico de los fenómenos sensibles. La cuestión de
las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos
astrales era realmente para ellos cosa desconocida e indiscutiblemente
fuera de su alcance. Pero, por lo menos, constituía para él un deber
ineludible mostrarse en el corredor una vez a la semana y farfullar por
la gran ventana ojival el primero y el tercer miércoles de cada mes. No
veía ningún medio digno de sustraerse a aquella obligación. Verdad es
que su vida fue muy criminal; pero, quitado eso, era hombre muy
concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural. Así,
pues, los tres sábados siguientes atravesó, como de costumbre, el
corredor entre doce de la noche y tres de la madrugada, tomando todas
las precauciones posibles para no ser visto ni oído. Se quitaba las
botas, pisaba lo más ligeramente que podía sobre las viejas maderas
carcomidas, se envolvía en una gran capa de terciopelo negro, y no
dejaba de usar el engrasador “Sol-Levante” para sus cadenas. Me veo
precisado a reconocer que sólo después de muchas vacilaciones se
decidió a adoptar este último medio de protección. Pero, al fin, una
noche, mientras cenaba la familia, se deslizó en el dormitorio de la
señora Otis y se llevó el frasquito. Al principio se sintió un poco
humillado, pero después fue suficientemente razonable para comprender
que aquel invento merecía grandes elogios y cooperaba, en cierto modo,
a la realización de sus proyectos. A pesar de todo, no se vio libre de
problemas. No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del
corredor para hacerlo tropezar en la oscuridad, y una vez que se había
disfrazado para el papel de “Isaac el Negro o el cazador del bosque de
Hogsley”, cayó cuan largo era al poner el pie sobre una pista de
maderas enjabonadas que habían colocado los gemelos desde el umbral del
salón de Tapices hasta la parte alta de la escalera de roble. Esta
última afrenta le dio tal rabia, que decidió hacer un esfuerzo para
imponer su dignidad y consolidar su posición social, y formó el
proyecto de visitar a la noche siguiente a los insolentes chicos de
Eton, en su célebre papel de “Ruperto el Temerario o el conde sin
cabeza”.
No se había mostrado con aquel disfraz desde hacía sesenta años, es
decir, desde que causó con él tal pavor a la bella lady Bárbara Modish,
que ésta retiró su consentimiento al abuelo de actual lord Canterville
y se fugó a Gretna Green con el arrogante Jach Castletown, jurando que
por nada del mundo consentiría en emparentar con una familia que
toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la terraza, al
atardecer. El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo por lord
Canterville en la pradera de Wandsworth, y lady Bárbara murió de pena
en Tumbridge Wells antes de terminar el año; así es que fue un gran
éxito en todos los sentidos. Sin embargo, era, permitiéndome emplear un
término de argot teatral para aplicarlo a uno de los mayores misterios
del mundo sobrenatural (o en lenguaje más científico), “del mundo
superior a la Naturaleza”, era, repito, una creación de las más
difíciles, y necesitó sus tres buenas horas para terminar los
preparativos. Por fin, todo estuvo listo, y él contentísimo de su
disfraz. Las grandes botas de montar, que hacían juego con el traje,
eran, eso sí, un poco holgadas para él, y no pudo encontrar más que una
de las dos pistolas del arzón; pero, en general, quedó satisfechísimo,
y a la una y cuarto pasó a través del estuco y bajó al corredor. Cuando
estuvo cerca de la habitación ocupada por los gemelos, a la que llamaré
el dormitorio azul, por el color de sus cortinajes, se encontró con la
puerta entreabierta. A fin de hacer una entrada sensacional, la empujó
con violencia, pero se le vino encima una jarra de agua que le empapó
hasta los huesos, no dándole en el hombro por unos milímetros. Al mismo
tiempo oyó unas risas sofocadas que partían de la doble cama con dosel.
Su sistema nervioso sufrió tal conmoción, que regresó a sus
habitaciones a todo escape, y al día siguiente tuvo que permanecer en
cama con un fuerte reuma. El único consuelo que tuvo fue el de no haber
llevado su cabeza sobre los hombros, pues sin esto las consecuencias
hubieran podido ser más graves.
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Desde entonces renunció para siempre a espantar a aquella recia
familia de norteamericanos, y se limitó a vagar por el corredor, con
zapatillas de orillo, envuelto el cuello en una gruesa bufanda, por
temor a las corrientes de aire, y provisto de un pequeño arcabuz, para
el caso en que fuese atacado por los gemelos. Hacia el 19 de septiembre
fue cuando recibió el golpe de gracia. Había bajado por la escalera
hasta el espacioso salón, seguro de que en aquel sitio por lo menos
estaba a cubierto de jugarretas, y se entretenía en hacer observaciones
satíricas sobre las grandes fotografías del ministro de los Estados
Unidos y de su mujer, hechas en casa de Sarow. Iba vestido sencilla
pero decentemente, con un largo sudario salpicado de moho de
cementerio. Se había atado la quijada con una tira de tela y llevaba
una linternita y una azadón de sepulturero. En una palabra, iba
disfrazado de “Jonás el Desenterrador, o el ladrón de cadáveres de
Cherstey Barn”. Era una de sus creaciones más notables y de las que
guardaban recuerdo, con más motivo, los Canterville, ya que fue la
verdadera causa de su riña con lord Rufford, vecino suyo. Serían
próximamente las dos y cuarto de la madrugada, y, a su juicio, no se
movía nadie en la casa. Pero cuando se dirigía tranquilamente en
dirección a la biblioteca, para ver lo que quedaba de la mancha de
sangre, se abalanzaron hacia él, desde un rincón sombrío, dos siluetas,
agitando locamente sus brazos sobre sus cabezas, mientras gritaban a su
oído:
-¡Bu!
Lleno de pánico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se
precipitó hacia la escalera, pero entonces se encontró frente a
Washington Otis, que lo esperaba armado con la regadera del jardín; de
tal modo que, cercado por sus enemigos, casi acorralado, tuvo que
evaporarse en la gran estufa de hierro colado, que, afortunadamente
para él, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones por
entre tubos y chimeneas, llegando a su refugio en el tremendo estado en
que lo pusieron la agitación, el hollín y la desesperación.
Desde aquella noche no volvió a vérsele nunca de expedición
nocturna. Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para
sorprenderlo, sembrando de cáscara de nuez los corredores todas las
noches, con gran molestia de sus padres y criados. Pero fue inútil. Su
amor propio estaba profundamente herido, sin duda, y no quería
mostrarse. En vista de ello, el señor Otis se puso a trabajar en su
gran obra sobre la historia del partido demócrata, obra que había
empezado tres años antes. La señora Otis organizó una extraordinaria
horneada de almejas, de la que se habló en toda la comarca. Los niños
se dedicaron a jugar a la barra, al ecarté, al póquer y a otras
diversiones nacionales de Estados Unidos. Virginia dio paseos a caballo
por las carreteras, en compañía del duquesito de Cheshire, que se
hallaba en Canterville pasando su última semana de vacaciones. Todo el
mundo se figuraba que el fantasma había desaparecido, hasta el punto de
que el señor Otis escribió una carta a lord Canterville para
comunicárselo, y recibió en contestación otra carta en la que éste le
testimoniaba el placer que le producía la noticia y enviaba sus más
sinceras felicitaciones a la digna esposa del ministro.
Pero los Otis se equivocaban. El fantasma seguía en la casa, y,
aunque se hallaba muy delicado, no estaba dispuesto a retirarse, sobre
todo después de saber que figuraba entre los invitados el duquesito de
Cheshire, cuyo tío, lord Francis Stilton, apostó una vez con el coronel
Carbury a que jugaría a los dados con el fantasma de Canterville. A la
mañana siguiente encontraron a lord Stilton tendido sobre el suelo del
salón de juego en un estado de parálisis tal que, a pesar de la edad
avanzada que alcanzó, no pudo ya nunca pronunciar más palabras que
éstas:
-¡Doble seis!
Esta historia era muy conocida en un tiempo, aunque, en atención a
los sentimientos de dos familias nobles, se hiciera todo lo posible por
ocultarla, y existe un relato detallado de todo lo referente a ella en
el tomo tercero de las Memorias de lord Tattle sobre el príncipe
Regente y sus amigos. Desde entonces, el fantasma deseaba vivamente
probar que no había perdido su influencia sobre los Stilton, con los
que además estaba emparentado por matrimonio, pues una prima suya se
casó en segundas nupcias con el señor Bulkeley, del que descienden en
línea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire. Por
consiguiente, hizo sus preparativos para mostrarse al pequeño enamorado
de Virginia en su famoso papel de “Fraile vampiro, o el benedictino
desangrado”. Era un espectáculo espantoso, que cuando la vieja lady
Starbury se lo vio representar, es decir en víspera del Año Nuevo de
1764, empezó a lanzar chillidos agudos, que tuvieron por resultado un
fuerte ataque de apoplejía y su fallecimiento al cabo de tres días, no
sin que desheredara antes a los Canterville y legase todo su dinero a
su farmacéutico en Londres. Pero, a última hora, el terror que le
inspiraban los gemelos lo retuvo en su habitación, y el duquesito
durmió tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de plumas del
dormitorio real, soñando con Virginia.
familia de norteamericanos, y se limitó a vagar por el corredor, con
zapatillas de orillo, envuelto el cuello en una gruesa bufanda, por
temor a las corrientes de aire, y provisto de un pequeño arcabuz, para
el caso en que fuese atacado por los gemelos. Hacia el 19 de septiembre
fue cuando recibió el golpe de gracia. Había bajado por la escalera
hasta el espacioso salón, seguro de que en aquel sitio por lo menos
estaba a cubierto de jugarretas, y se entretenía en hacer observaciones
satíricas sobre las grandes fotografías del ministro de los Estados
Unidos y de su mujer, hechas en casa de Sarow. Iba vestido sencilla
pero decentemente, con un largo sudario salpicado de moho de
cementerio. Se había atado la quijada con una tira de tela y llevaba
una linternita y una azadón de sepulturero. En una palabra, iba
disfrazado de “Jonás el Desenterrador, o el ladrón de cadáveres de
Cherstey Barn”. Era una de sus creaciones más notables y de las que
guardaban recuerdo, con más motivo, los Canterville, ya que fue la
verdadera causa de su riña con lord Rufford, vecino suyo. Serían
próximamente las dos y cuarto de la madrugada, y, a su juicio, no se
movía nadie en la casa. Pero cuando se dirigía tranquilamente en
dirección a la biblioteca, para ver lo que quedaba de la mancha de
sangre, se abalanzaron hacia él, desde un rincón sombrío, dos siluetas,
agitando locamente sus brazos sobre sus cabezas, mientras gritaban a su
oído:
-¡Bu!
Lleno de pánico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se
precipitó hacia la escalera, pero entonces se encontró frente a
Washington Otis, que lo esperaba armado con la regadera del jardín; de
tal modo que, cercado por sus enemigos, casi acorralado, tuvo que
evaporarse en la gran estufa de hierro colado, que, afortunadamente
para él, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones por
entre tubos y chimeneas, llegando a su refugio en el tremendo estado en
que lo pusieron la agitación, el hollín y la desesperación.
Desde aquella noche no volvió a vérsele nunca de expedición
nocturna. Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para
sorprenderlo, sembrando de cáscara de nuez los corredores todas las
noches, con gran molestia de sus padres y criados. Pero fue inútil. Su
amor propio estaba profundamente herido, sin duda, y no quería
mostrarse. En vista de ello, el señor Otis se puso a trabajar en su
gran obra sobre la historia del partido demócrata, obra que había
empezado tres años antes. La señora Otis organizó una extraordinaria
horneada de almejas, de la que se habló en toda la comarca. Los niños
se dedicaron a jugar a la barra, al ecarté, al póquer y a otras
diversiones nacionales de Estados Unidos. Virginia dio paseos a caballo
por las carreteras, en compañía del duquesito de Cheshire, que se
hallaba en Canterville pasando su última semana de vacaciones. Todo el
mundo se figuraba que el fantasma había desaparecido, hasta el punto de
que el señor Otis escribió una carta a lord Canterville para
comunicárselo, y recibió en contestación otra carta en la que éste le
testimoniaba el placer que le producía la noticia y enviaba sus más
sinceras felicitaciones a la digna esposa del ministro.
Pero los Otis se equivocaban. El fantasma seguía en la casa, y,
aunque se hallaba muy delicado, no estaba dispuesto a retirarse, sobre
todo después de saber que figuraba entre los invitados el duquesito de
Cheshire, cuyo tío, lord Francis Stilton, apostó una vez con el coronel
Carbury a que jugaría a los dados con el fantasma de Canterville. A la
mañana siguiente encontraron a lord Stilton tendido sobre el suelo del
salón de juego en un estado de parálisis tal que, a pesar de la edad
avanzada que alcanzó, no pudo ya nunca pronunciar más palabras que
éstas:
-¡Doble seis!
Esta historia era muy conocida en un tiempo, aunque, en atención a
los sentimientos de dos familias nobles, se hiciera todo lo posible por
ocultarla, y existe un relato detallado de todo lo referente a ella en
el tomo tercero de las Memorias de lord Tattle sobre el príncipe
Regente y sus amigos. Desde entonces, el fantasma deseaba vivamente
probar que no había perdido su influencia sobre los Stilton, con los
que además estaba emparentado por matrimonio, pues una prima suya se
casó en segundas nupcias con el señor Bulkeley, del que descienden en
línea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire. Por
consiguiente, hizo sus preparativos para mostrarse al pequeño enamorado
de Virginia en su famoso papel de “Fraile vampiro, o el benedictino
desangrado”. Era un espectáculo espantoso, que cuando la vieja lady
Starbury se lo vio representar, es decir en víspera del Año Nuevo de
1764, empezó a lanzar chillidos agudos, que tuvieron por resultado un
fuerte ataque de apoplejía y su fallecimiento al cabo de tres días, no
sin que desheredara antes a los Canterville y legase todo su dinero a
su farmacéutico en Londres. Pero, a última hora, el terror que le
inspiraban los gemelos lo retuvo en su habitación, y el duquesito
durmió tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de plumas del
dormitorio real, soñando con Virginia.
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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Virginia y su adorador de cabello rizado dieron, unos días después,
un paseo a caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella
desgarró su vestido de amazona al saltar un seto, de tal manera que, de
vuelta a su casa, entró por la escalera de atrás para que no la viesen.
Al pasar corriendo por delante de la puerta del salón de Tapices, que
estaba abierta de par en par, le pareció ver a alguien dentro. Pensó
que sería la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a
esa habitación. Asomó la cabeza para encargarle que le cosiese el
vestido. ¡Pero, con gran sorpresa suya, quien allí estaba era el
fantasma de Canterville en persona! Se había acomodado ante la ventana,
contemplando el oro llameante de los árboles amarillentos que
revoloteaban por el aire, las hojas enrojecidas que bailaban locamente
a lo largo de la gran avenida. Tenía la cabeza apoyada en una mano, y
toda su actitud revelaba el desaliento más profundo. Realmente
presentaba un aspecto tan abrumado, tan abatido, que la pequeña
Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr y
encerrarse en su cuarto, se sintió llena de compasión y tomó el partido
de ir a consolarlo. Tenía la muchacha un paso tan ligero y él una
melancolía tan honda, que no se dio cuenta de su presencia hasta que le
habló.
-Lo he sentido mucho por usted -dijo-, pero mis hermanos regresan
mañana a Eton, y entonces, si se porta usted bien, nadie lo atormentará.
-Es inconcebible pedirme que me porte bien -le respondió,
contemplando estupefacto a la jovencita que tenía la audacia de
dirigirle la palabra-. Perfectamente inconcebible. Es necesario que yo
sacuda mis cadenas, que gruña por los agujeros de las cerraduras y que
corretee de noche. ¿Eso es lo que usted llama portarse mal? No tengo
otra razón de ser.
-Esa no es una razón de ser. En sus tiempos fue usted muy malo
¿sabe? La señora Umney nos dijo el día que llegamos que usted mató a su
esposa.
-Sí, lo reconozco -respondió incautamente el fantasma-. Pero era un asunto de familia y nadie tenía que meterse.
-Está muy mal matar a nadie -dijo Virginia, que a veces adoptaba un
bonito gesto de gravedad puritana, heredado quizás de algún antepasado
venido de Nueva Inglaterra.
-¡Oh, no puedo sufrir la severidad barata de la moral abstracta! Mi
mujer era feísima. No almidonaba nunca lo bastante mis puños y no sabía
nada de cocina. Mire usted: un día había yo cazado un soberbio ciervo
en los bosques de Hogsley, un hermoso macho de dos años. ¡Pues no puede
usted figurarse cómo me lo sirvió! Pero, en fin, dejemos eso. Es asunto
liquidado, y no encuentro nada bien que sus hermanos me dejasen morir
de hambre, aunque yo la matase.
-¡Que lo dejaran morir de hambre! ¡Oh señor fantasma…! Don Simón,
quiero decir, ¿es que tiene usted hambre? Hay un sándwich en mi
costurero. ¿Le gustaría?
-No, gracias, ahora ya no como; pero, de todos modos, lo encuentro
amabilísimo por su parte. ¡Es usted bastante más atenta que el resto de
su horrible, arisca, ordinaria y ladrona familia!
-¡Basta! -exclamó Virginia, dando con el pie en el suelo-. El
arisco, el horrible y el ordinario es usted. En cuanto a lo de ladrón,
bien sabe usted que me ha robado mis colores de la caja de pinturas
para restaurar esa ridícula mancha de sangre en la biblioteca. Empezó
usted por coger todos mis rojos, incluso el bermellón,
imposibilitándome para pintar puestas de sol. Después agarró usted el
verde esmeralda y el amarillo cromo. Y, finalmente, sólo me queda el
añil y el blanco. Así es que ahora no puedo hacer más que claros de
luna, que da grima ver, e incomodísimos, además, de colorear. Y no le
he acusado, aún estando fastidiada y a pesar de que todas esa cosas son
completamente ridículas. ¿Se ha visto alguna vez sangre color verde
esmeralda…?
-Vamos a ver -dijo el fantasma, con cierta dulzura-: ¿y qué iba yo a
hacer? Es dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse sangre de
verdad, y ya que su hermano empezó con su quitamanchas incomparable, no
veo por qué no iba yo a emplear los colores de usted para resistir. En
cuanto al tono, es cuestión de gusto. Así, por ejemplo, los Canterville
tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en Inglaterra… Aunque
ya sé que ustedes los norteamericanos no hacen el menor caso de esas
cosas.
-No sabe usted nada, y lo mejor que puede hacer es emigrar, y así se
formará idea de algo. Mi padre tendrá un verdadero gusto en
proporcionarle un pasaje gratuito, y aunque haya fuertes impuestos
sobre los espíritus, no le pondrán dificultades en la Aduana. Y una vez
en Nueva York, puede usted contar con un gran éxito. Conozco infinidad
de personas que darían cien mil dólares por tener antepasados y que
sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma para la familia.
-Creo que no me divertiría mucho en Estados Unidos.
-Quizás se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia.
-¡Qué curiosidades ni qué ruinas! -contestó el fantasma-. Tienen ustedes su Marina y sus modales.
-Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de vacaciones.
-¡No se vaya, señorita Virginia, se lo suplico! -exclamó el
fantasma-. Estoy tan solo y soy tan desgraciado, que no sé qué hacer.
Quisiera ir a acostarme y no puedo.
-Pues es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y
apagar la luz. Algunas veces es dificilísimo permanecer despierto,
sobre todo en una iglesia, pero, en cambio, dormir es muy sencillo. Ya
ve usted: los gemelos saben dormir admirablemente, y no son de los más
listos.
-Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemente,
haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules, llenos de
asombro-. Hace ya trescientos años que no duermo, así es que me siento
cansadísimo.
Virginia adoptó un grave continente, y sus finos labios se movieron
como pétalos de rosa. Se acercó y arrodilló al lado del fantasma,
contempló su rostro envejecido y arrugado.
-Pobrecito fantasma -profirió a media voz-, ¿y no hay ningún sitio donde pueda usted dormir?
-Allá lejos, pasando el pinar -respondió él en voz baja y soñadora-,
hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden
verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor
canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal helado
deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante sobre los
durmientes.
Los ojos de Virginia se empañaron de lágrimas y sepultó la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jardín de la Muerte -murmuró.
-Sí, de la muerte. Debe ser hermosa. Descansar en la blanda tierra
oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y
escuchar el silencio. No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo
y de la vida; morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme
de par en par las puertas de la muerte, porque el amor la acompaña a
usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y
durante unos instantes hubo un gran silencio. Le parecía vivir un sueño
terrible. Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba
como los suspiros del viento:
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ojos-. La
conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se
lee con dificultad. No tiene más que éstos seis versos:
“Cuando una joven rubia logre hacer brotar
“una oración de los labios del pecador,
“cuando el almendro estéril dé fruto
“y una niña deje correr su llanto,
“entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
“y volverá la paz a Canterville.
“Pero no sé lo que significan”.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque
no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma,
porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y
cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres
terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos,
pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña
no pueden nada las potencias infernales.
Virginia no contestó, y el fantasma se retorcía las manos en la
violencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza
inclinada. De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor en
los ojos.
-No tengo miedo -dijo con voz firme - y rogaré al ángel que se apiade de usted.
Se levantó el fantasma de su asiento lanzando un débil grito de
alegría, cogió la blonda cabeza entre sus manos, con una gentileza que
recordaba los tiempos pasados, y la besó. Sus dedos estaban fríos como
hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaqueó;
el fantasma la guió a través de la estancia sombría. Sobre un tapiz, de
un verde apagado, estaban bordados unos pequeños cazadores. Soplaban en
sus cuernos adornados de flecos y con sus lindas manos le hacían gestos
de que retrocediese.
-Vuelve sobre tus pasos, Virginia. ¡Vete, vete! -gritaban.
Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más
fuerza, y ella cerró los ojos para no verlos. Horribles animales de
colas de lagarto y de ojazos saltones parpadearon maliciosamente en las
esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja:
-Ten cuidado, Virginia, ten cuidado. Podríamos no volver a verte.
Pero el fantasma apresuró el paso y Virginia no oyó nada. Cuando
llegaron al extremo de la estancia el viejo se detuvo, murmurando unas
palabras que ella no comprendió. Volvió Virginia a abrir los ojos y vio
disiparse el muro lentamente, como una neblina, y abrirse ante ella una
negra caverna. Un áspero y helado viento los azotó, sintiendo la
muchacha que le tiraban del vestido.
-De prisa, de prisa -gritó el fantasma-, o será demasiado tarde.
Y en el mismo momento el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de Tapices quedó desierto.
VI
un paseo a caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella
desgarró su vestido de amazona al saltar un seto, de tal manera que, de
vuelta a su casa, entró por la escalera de atrás para que no la viesen.
Al pasar corriendo por delante de la puerta del salón de Tapices, que
estaba abierta de par en par, le pareció ver a alguien dentro. Pensó
que sería la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a
esa habitación. Asomó la cabeza para encargarle que le cosiese el
vestido. ¡Pero, con gran sorpresa suya, quien allí estaba era el
fantasma de Canterville en persona! Se había acomodado ante la ventana,
contemplando el oro llameante de los árboles amarillentos que
revoloteaban por el aire, las hojas enrojecidas que bailaban locamente
a lo largo de la gran avenida. Tenía la cabeza apoyada en una mano, y
toda su actitud revelaba el desaliento más profundo. Realmente
presentaba un aspecto tan abrumado, tan abatido, que la pequeña
Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr y
encerrarse en su cuarto, se sintió llena de compasión y tomó el partido
de ir a consolarlo. Tenía la muchacha un paso tan ligero y él una
melancolía tan honda, que no se dio cuenta de su presencia hasta que le
habló.
-Lo he sentido mucho por usted -dijo-, pero mis hermanos regresan
mañana a Eton, y entonces, si se porta usted bien, nadie lo atormentará.
-Es inconcebible pedirme que me porte bien -le respondió,
contemplando estupefacto a la jovencita que tenía la audacia de
dirigirle la palabra-. Perfectamente inconcebible. Es necesario que yo
sacuda mis cadenas, que gruña por los agujeros de las cerraduras y que
corretee de noche. ¿Eso es lo que usted llama portarse mal? No tengo
otra razón de ser.
-Esa no es una razón de ser. En sus tiempos fue usted muy malo
¿sabe? La señora Umney nos dijo el día que llegamos que usted mató a su
esposa.
-Sí, lo reconozco -respondió incautamente el fantasma-. Pero era un asunto de familia y nadie tenía que meterse.
-Está muy mal matar a nadie -dijo Virginia, que a veces adoptaba un
bonito gesto de gravedad puritana, heredado quizás de algún antepasado
venido de Nueva Inglaterra.
-¡Oh, no puedo sufrir la severidad barata de la moral abstracta! Mi
mujer era feísima. No almidonaba nunca lo bastante mis puños y no sabía
nada de cocina. Mire usted: un día había yo cazado un soberbio ciervo
en los bosques de Hogsley, un hermoso macho de dos años. ¡Pues no puede
usted figurarse cómo me lo sirvió! Pero, en fin, dejemos eso. Es asunto
liquidado, y no encuentro nada bien que sus hermanos me dejasen morir
de hambre, aunque yo la matase.
-¡Que lo dejaran morir de hambre! ¡Oh señor fantasma…! Don Simón,
quiero decir, ¿es que tiene usted hambre? Hay un sándwich en mi
costurero. ¿Le gustaría?
-No, gracias, ahora ya no como; pero, de todos modos, lo encuentro
amabilísimo por su parte. ¡Es usted bastante más atenta que el resto de
su horrible, arisca, ordinaria y ladrona familia!
-¡Basta! -exclamó Virginia, dando con el pie en el suelo-. El
arisco, el horrible y el ordinario es usted. En cuanto a lo de ladrón,
bien sabe usted que me ha robado mis colores de la caja de pinturas
para restaurar esa ridícula mancha de sangre en la biblioteca. Empezó
usted por coger todos mis rojos, incluso el bermellón,
imposibilitándome para pintar puestas de sol. Después agarró usted el
verde esmeralda y el amarillo cromo. Y, finalmente, sólo me queda el
añil y el blanco. Así es que ahora no puedo hacer más que claros de
luna, que da grima ver, e incomodísimos, además, de colorear. Y no le
he acusado, aún estando fastidiada y a pesar de que todas esa cosas son
completamente ridículas. ¿Se ha visto alguna vez sangre color verde
esmeralda…?
-Vamos a ver -dijo el fantasma, con cierta dulzura-: ¿y qué iba yo a
hacer? Es dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse sangre de
verdad, y ya que su hermano empezó con su quitamanchas incomparable, no
veo por qué no iba yo a emplear los colores de usted para resistir. En
cuanto al tono, es cuestión de gusto. Así, por ejemplo, los Canterville
tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en Inglaterra… Aunque
ya sé que ustedes los norteamericanos no hacen el menor caso de esas
cosas.
-No sabe usted nada, y lo mejor que puede hacer es emigrar, y así se
formará idea de algo. Mi padre tendrá un verdadero gusto en
proporcionarle un pasaje gratuito, y aunque haya fuertes impuestos
sobre los espíritus, no le pondrán dificultades en la Aduana. Y una vez
en Nueva York, puede usted contar con un gran éxito. Conozco infinidad
de personas que darían cien mil dólares por tener antepasados y que
sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma para la familia.
-Creo que no me divertiría mucho en Estados Unidos.
-Quizás se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia.
-¡Qué curiosidades ni qué ruinas! -contestó el fantasma-. Tienen ustedes su Marina y sus modales.
-Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de vacaciones.
-¡No se vaya, señorita Virginia, se lo suplico! -exclamó el
fantasma-. Estoy tan solo y soy tan desgraciado, que no sé qué hacer.
Quisiera ir a acostarme y no puedo.
-Pues es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y
apagar la luz. Algunas veces es dificilísimo permanecer despierto,
sobre todo en una iglesia, pero, en cambio, dormir es muy sencillo. Ya
ve usted: los gemelos saben dormir admirablemente, y no son de los más
listos.
-Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemente,
haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules, llenos de
asombro-. Hace ya trescientos años que no duermo, así es que me siento
cansadísimo.
Virginia adoptó un grave continente, y sus finos labios se movieron
como pétalos de rosa. Se acercó y arrodilló al lado del fantasma,
contempló su rostro envejecido y arrugado.
-Pobrecito fantasma -profirió a media voz-, ¿y no hay ningún sitio donde pueda usted dormir?
-Allá lejos, pasando el pinar -respondió él en voz baja y soñadora-,
hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden
verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor
canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal helado
deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante sobre los
durmientes.
Los ojos de Virginia se empañaron de lágrimas y sepultó la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jardín de la Muerte -murmuró.
-Sí, de la muerte. Debe ser hermosa. Descansar en la blanda tierra
oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y
escuchar el silencio. No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo
y de la vida; morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme
de par en par las puertas de la muerte, porque el amor la acompaña a
usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y
durante unos instantes hubo un gran silencio. Le parecía vivir un sueño
terrible. Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba
como los suspiros del viento:
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ojos-. La
conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se
lee con dificultad. No tiene más que éstos seis versos:
“Cuando una joven rubia logre hacer brotar
“una oración de los labios del pecador,
“cuando el almendro estéril dé fruto
“y una niña deje correr su llanto,
“entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
“y volverá la paz a Canterville.
“Pero no sé lo que significan”.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque
no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma,
porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y
cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres
terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos,
pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña
no pueden nada las potencias infernales.
Virginia no contestó, y el fantasma se retorcía las manos en la
violencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza
inclinada. De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor en
los ojos.
-No tengo miedo -dijo con voz firme - y rogaré al ángel que se apiade de usted.
Se levantó el fantasma de su asiento lanzando un débil grito de
alegría, cogió la blonda cabeza entre sus manos, con una gentileza que
recordaba los tiempos pasados, y la besó. Sus dedos estaban fríos como
hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaqueó;
el fantasma la guió a través de la estancia sombría. Sobre un tapiz, de
un verde apagado, estaban bordados unos pequeños cazadores. Soplaban en
sus cuernos adornados de flecos y con sus lindas manos le hacían gestos
de que retrocediese.
-Vuelve sobre tus pasos, Virginia. ¡Vete, vete! -gritaban.
Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más
fuerza, y ella cerró los ojos para no verlos. Horribles animales de
colas de lagarto y de ojazos saltones parpadearon maliciosamente en las
esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja:
-Ten cuidado, Virginia, ten cuidado. Podríamos no volver a verte.
Pero el fantasma apresuró el paso y Virginia no oyó nada. Cuando
llegaron al extremo de la estancia el viejo se detuvo, murmurando unas
palabras que ella no comprendió. Volvió Virginia a abrir los ojos y vio
disiparse el muro lentamente, como una neblina, y abrirse ante ella una
negra caverna. Un áspero y helado viento los azotó, sintiendo la
muchacha que le tiraban del vestido.
-De prisa, de prisa -gritó el fantasma-, o será demasiado tarde.
Y en el mismo momento el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de Tapices quedó desierto.
VI
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Unos diez minutos después sonó la campana para el té y Virginia no
bajó. La señora Otis envió a uno de los criados a buscarla. No tardó en
volver, diciendo que no había podido descubrir a la señorita Virginia
por ninguna parte. Como la muchacha tenía la costumbre de ir todas las
tardes al jardín a recoger flores para la cena, la señora Otis no se
inquietó en lo más mínimo. Pero sonaron las seis y Virginia no
aparecía. Entonces su madre se sintió seriamente intranquila y envió a
sus hijos en su busca, mientras ella y su marido recorrían todas las
habitaciones de la casa. A las seis y media volvieron los gemelos,
diciendo que no habían encontrado huellas de su hermana por ninguna
parte. Entonces se conmovieron todos extraordinariamente, y nadie sabía
qué hacer, cuando el señor Otis recordó de repente que pocos días antes
habían permitido acampar en el parque a una tribu de gitanos. Así es
que salió inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompañado de su hijo
mayor y de dos de sus criados de la granja. El duquesito de Cheshire,
completamente loco de inquietud, rogó con insistencia a el señor Otis
que lo dejase acompañarlo, mas éste se negó temiendo algún jaleo. Pero
cuando llegó al sitio en cuestión vio que los gitanos se habían
marchado. Se dieron prisa a huir, sin duda alguna, pues el fuego ardía
todavía y quedaban platos sobre la hierba. Después de mandar a
Washington y a los dos hombres que registrasen los alrededores, se
apresuró a regresar y envió telegramas a todos los inspectores de
Policía del condado, rogándoles que buscasen a una joven raptada por
unos vagabundos o gitanos. Luego hizo que le trajeran su caballo, y
después de insistir para que su mujer y sus tres hijos se sentaran a la
mesa, partió con un criado por el camino de Ascot. Había recorrido
apenas dos millas, cuando oyó un galope a su espalda. Se volvió, viendo
al duquesito que llegaba en su caballito, con la cara sofocada y la
cabeza descubierta.
-Lo siento muchísimo, señor Otis -le dijo el joven con voz
entrecortada-, pero me es imposible comer mientras Virginia no
aparezca. Se lo ruego: no se enfade conmigo. Si nos hubiera permitido
casarnos el año último, no habría pasado esto nunca. No me rechaza
usted, ¿verdad? ¡No puedo ni quiero irme!
El ministro no pudo menos que dirigir una sonrisa a aquel mozo guapo
y atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por
Virginia. Inclinándose sobre su caballo, le acarició los hombros
bondadosamente, y le dijo:
-Pues bien, Cecil: ya que insiste usted en venir, no me queda más
remedio que admitirle en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarle
un sombrero en Ascot.
-¡Al diablo sombreros! ¡Lo que quiero es Virginia! -exclamó el duquesito, riendo.
Y acto seguido galoparon hasta la estación. Una vez allí, el señor
Otis preguntó al jefe si no habían visto en el andén de salida a una
joven cuyas señas correspondiesen con las de Virginia, pero no averiguó
nada sobre ella. No obstante lo cual, el jefe de la estación expidió
telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y
le prometió ejercer una vigilancia minuciosa. En seguida, después de
comprar un sombrero para el duquesito en una tienda de novedades que se
disponía a cerrar, el señor Otis cabalgó hasta Bexley, pueblo situado
cuatro millas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado
por los gitanos. Hicieron levantarse al guardia rural, pero no pudieron
conseguir ningún dato de él. Así es que, después de atravesar la plaza,
los dos jinetes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a
Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el corazón
desgarrado por la inquietud. Se encontraron allí con Washington y los
gemelos, esperándolos a la puerta con linternas, porque la avenida
estaba muy oscura. No se había descubierto la menor señal de Virginia.
Los gitanos fueron alcanzados en el prado de Brockley, pero no estaba
la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su marcha diciendo que
habían equivocado el día en que debía celebrarse la feria de Chorton y
que el temor de llegar demasiado tarde los obligó a darse prisa.
Además, parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues
estaban agradecidísimos al señor Otis por haberles permitido acampar en
su parque. Cuatro de ellos se quedaron atrás para tomar parte en las
pesquisas. Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la
finca en todos los sentidos, pero no consiguieron nada. Era evidente
que Virginia estaba perdida, al menos por aquella noche, y fue con un
aire de profundo abatimiento como entraron en casa el señor Otis y los
jóvenes, seguidos del criado, que llevaba de las bridas al caballo y al
caballito. En el salón se encontraron con el grupo de criados, llenos
de terror. La pobre señora Otis estaba tumbada sobre un sofá de la
biblioteca, casi loca de espanto y de ansiedad, y la vieja ama de
llaves le humedecía la frente con agua de colonia. Fue una comida
tristísima. No se hablaba apenas, y hasta los mismos gemelos parecían
despavoridos y consternados, pues querían mucho a su hermana. Cuando
terminaron, el señor Otis, a pesar de los ruegos del duquesito, mandó
que todo el mundo se acostase, ya que no podía hacer cosa alguna
aquella noche; al día siguiente telegrafiaría a Scotland Yard para que
pusieran inmediatamente varios detectives a su disposición. Pero he
aquí que en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las
doce en el reloj de la torre. Apenas acababan de extinguirse las
vibraciones de la última campanada, cuando se oyó un crujido acompañado
de un grito penetrante. Un trueno formidable bamboleó la casa, una
melodía, que no tenía nada de terrenal, flotó en el aire. Un lienzo de
la pared se despegó bruscamente en lo alto de la escalera, y sobre el
rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia, llevando en la
mano un cofrecito. Inmediatamente se precipitaron todos hacia ella. La
señora Otis la estrechó apasionadamente contra su corazón. El duquesito
casi la ahogó con la violencia de sus besos, y los gemelos ejecutaron
una danza de guerra salvaje alrededor del grupo.
bajó. La señora Otis envió a uno de los criados a buscarla. No tardó en
volver, diciendo que no había podido descubrir a la señorita Virginia
por ninguna parte. Como la muchacha tenía la costumbre de ir todas las
tardes al jardín a recoger flores para la cena, la señora Otis no se
inquietó en lo más mínimo. Pero sonaron las seis y Virginia no
aparecía. Entonces su madre se sintió seriamente intranquila y envió a
sus hijos en su busca, mientras ella y su marido recorrían todas las
habitaciones de la casa. A las seis y media volvieron los gemelos,
diciendo que no habían encontrado huellas de su hermana por ninguna
parte. Entonces se conmovieron todos extraordinariamente, y nadie sabía
qué hacer, cuando el señor Otis recordó de repente que pocos días antes
habían permitido acampar en el parque a una tribu de gitanos. Así es
que salió inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompañado de su hijo
mayor y de dos de sus criados de la granja. El duquesito de Cheshire,
completamente loco de inquietud, rogó con insistencia a el señor Otis
que lo dejase acompañarlo, mas éste se negó temiendo algún jaleo. Pero
cuando llegó al sitio en cuestión vio que los gitanos se habían
marchado. Se dieron prisa a huir, sin duda alguna, pues el fuego ardía
todavía y quedaban platos sobre la hierba. Después de mandar a
Washington y a los dos hombres que registrasen los alrededores, se
apresuró a regresar y envió telegramas a todos los inspectores de
Policía del condado, rogándoles que buscasen a una joven raptada por
unos vagabundos o gitanos. Luego hizo que le trajeran su caballo, y
después de insistir para que su mujer y sus tres hijos se sentaran a la
mesa, partió con un criado por el camino de Ascot. Había recorrido
apenas dos millas, cuando oyó un galope a su espalda. Se volvió, viendo
al duquesito que llegaba en su caballito, con la cara sofocada y la
cabeza descubierta.
-Lo siento muchísimo, señor Otis -le dijo el joven con voz
entrecortada-, pero me es imposible comer mientras Virginia no
aparezca. Se lo ruego: no se enfade conmigo. Si nos hubiera permitido
casarnos el año último, no habría pasado esto nunca. No me rechaza
usted, ¿verdad? ¡No puedo ni quiero irme!
El ministro no pudo menos que dirigir una sonrisa a aquel mozo guapo
y atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por
Virginia. Inclinándose sobre su caballo, le acarició los hombros
bondadosamente, y le dijo:
-Pues bien, Cecil: ya que insiste usted en venir, no me queda más
remedio que admitirle en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarle
un sombrero en Ascot.
-¡Al diablo sombreros! ¡Lo que quiero es Virginia! -exclamó el duquesito, riendo.
Y acto seguido galoparon hasta la estación. Una vez allí, el señor
Otis preguntó al jefe si no habían visto en el andén de salida a una
joven cuyas señas correspondiesen con las de Virginia, pero no averiguó
nada sobre ella. No obstante lo cual, el jefe de la estación expidió
telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y
le prometió ejercer una vigilancia minuciosa. En seguida, después de
comprar un sombrero para el duquesito en una tienda de novedades que se
disponía a cerrar, el señor Otis cabalgó hasta Bexley, pueblo situado
cuatro millas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado
por los gitanos. Hicieron levantarse al guardia rural, pero no pudieron
conseguir ningún dato de él. Así es que, después de atravesar la plaza,
los dos jinetes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a
Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el corazón
desgarrado por la inquietud. Se encontraron allí con Washington y los
gemelos, esperándolos a la puerta con linternas, porque la avenida
estaba muy oscura. No se había descubierto la menor señal de Virginia.
Los gitanos fueron alcanzados en el prado de Brockley, pero no estaba
la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su marcha diciendo que
habían equivocado el día en que debía celebrarse la feria de Chorton y
que el temor de llegar demasiado tarde los obligó a darse prisa.
Además, parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues
estaban agradecidísimos al señor Otis por haberles permitido acampar en
su parque. Cuatro de ellos se quedaron atrás para tomar parte en las
pesquisas. Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la
finca en todos los sentidos, pero no consiguieron nada. Era evidente
que Virginia estaba perdida, al menos por aquella noche, y fue con un
aire de profundo abatimiento como entraron en casa el señor Otis y los
jóvenes, seguidos del criado, que llevaba de las bridas al caballo y al
caballito. En el salón se encontraron con el grupo de criados, llenos
de terror. La pobre señora Otis estaba tumbada sobre un sofá de la
biblioteca, casi loca de espanto y de ansiedad, y la vieja ama de
llaves le humedecía la frente con agua de colonia. Fue una comida
tristísima. No se hablaba apenas, y hasta los mismos gemelos parecían
despavoridos y consternados, pues querían mucho a su hermana. Cuando
terminaron, el señor Otis, a pesar de los ruegos del duquesito, mandó
que todo el mundo se acostase, ya que no podía hacer cosa alguna
aquella noche; al día siguiente telegrafiaría a Scotland Yard para que
pusieran inmediatamente varios detectives a su disposición. Pero he
aquí que en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las
doce en el reloj de la torre. Apenas acababan de extinguirse las
vibraciones de la última campanada, cuando se oyó un crujido acompañado
de un grito penetrante. Un trueno formidable bamboleó la casa, una
melodía, que no tenía nada de terrenal, flotó en el aire. Un lienzo de
la pared se despegó bruscamente en lo alto de la escalera, y sobre el
rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia, llevando en la
mano un cofrecito. Inmediatamente se precipitaron todos hacia ella. La
señora Otis la estrechó apasionadamente contra su corazón. El duquesito
casi la ahogó con la violencia de sus besos, y los gemelos ejecutaron
una danza de guerra salvaje alrededor del grupo.
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
-¡Ah…! ¡Hija mía! ¿Dónde te habías metido? -dijo el señor Otis,
bastante enfadado, creyendo que les había querido dar una broma a todos
ellos-. Cecil y yo hemos registrado toda la comarca en busca tuya, y tu
madre ha estado a punto de morirse de espanto. No vuelvas a dar
bromitas de ese género a nadie.
-¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos, continuando sus cabriolas.
-Hija mía querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos
volveremos a separar -murmuraba la señora Otis, besando a la muchacha,
toda trémula, y acariciando sus cabellos de oro, que se desparramaban
sobre sus hombros.
-Papá -dijo dulcemente Virginia-, estaba con el fantasma. Ha muerto
ya. Es preciso que vayan a verlo. Fue muy malo, pero se ha arrepentido
sinceramente de todo lo que había hecho, y antes de morir me ha dado
este cofrecito de hermosas joyas.
Toda la familia la contempló muda y aterrada, pero ella tenía un
aire muy solemne y muy serio. En seguida, dando media vuelta, los
precedió a través del hueco de la pared y bajaron a un corredor
secreto. Washington los seguía llevando una vela encendida, que cogió
de la mesa. Por fin llegaron a una gran puerta de roble erizada de
recios clavos. Virginia la tocó, y entonces la puerta giró sobre sus
goznes enormes y se hallaron en una habitación estrecha y baja, con el
techo abovedado, y que tenía una ventanita. Junto a una gran argolla de
hierro empotrada en el muro, con la cual estaba encadenado, se veía un
largo esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas. Parecía
estirar sus dedos descarnados, como intentando llegar a un plato y a un
cántaro, de forma antigua, colocados de tal forma que no pudiese
alcanzarlos. El cántaro había estado lleno de agua, indudablemente,
pues tenía su interior tapizado de moho verde. Sobre el plato no
quedaba más que un montón de polvo. Virginia se arrodilló junto al
esqueleto, y, uniendo sus manitas, se puso a rezar en silencio,
mientras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia cuyo
secreto acababa de ser revelado.
-¡Miren! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a
mirar por la ventanita, queriendo adivinar de qué lado del edificio
caía aquella habitación-. ¡Miren! El antiguo almendro, que estaba seco,
ha florecido. Se ven admirablemente las hojas a la luz de la luna.
-¡Dios lo ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.
-¡Eres un ángel! -exclamó el duquesito, ciñéndole el cuello con los brazos y besándola.
VII
Cuatro días después de estos curiosos sucesos, a eso de las once de
la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville-House. El carro iba
arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba
adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se
balanceaban. La caja de plomo iba cubierta con un rico paño de púrpura,
sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville. A
cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando
antorchas encendidas. Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso
e impresionante. Lord Canterville presidía el duelo; había venido del
país de Gales expresamente para asistir al entierro, y ocupaba el
primer coche con la pequeña Virginia. Después iban el ministro de los
Estados Unidos y su esposa, y detrás, Washington y los dos muchachos.
En el último coche iba la señora Umney. Todo el mundo convino en que,
después de haber sido atemorizada por el fantasma por espacio de más de
cincuenta años, tenía realmente derecho de verlo desaparecer para
siempre. Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio,
precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últimas oraciones, del
modo más patético, el reverendo Augusto Dampier. Luego, al bajar la
caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando encima de ella una gran
cruz hecha con flores de almendro, blancas y rojas. En aquel momento
salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus
silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el
canto de un ruiseñor. Virginia recordó la descripción que le hizo el
fantasma del jardín de la Muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y
apenas pronunció una palabra durante el regreso.
A la mañana siguiente, antes de que lord Canterville partiese para
la ciudad, la señora Otis conferenció con él respecto de las joyas
entregadas por el fantasma a Virginia. Eran soberbias, magníficas.
Había, sobre todo, un collar de rubíes, en una antigua montura
veneciana, que era un espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto
representaba tal cantidad que el señor Otis sentía vivos escrúpulos en
permitir a su hija que se quedase con ellas.
bastante enfadado, creyendo que les había querido dar una broma a todos
ellos-. Cecil y yo hemos registrado toda la comarca en busca tuya, y tu
madre ha estado a punto de morirse de espanto. No vuelvas a dar
bromitas de ese género a nadie.
-¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos, continuando sus cabriolas.
-Hija mía querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos
volveremos a separar -murmuraba la señora Otis, besando a la muchacha,
toda trémula, y acariciando sus cabellos de oro, que se desparramaban
sobre sus hombros.
-Papá -dijo dulcemente Virginia-, estaba con el fantasma. Ha muerto
ya. Es preciso que vayan a verlo. Fue muy malo, pero se ha arrepentido
sinceramente de todo lo que había hecho, y antes de morir me ha dado
este cofrecito de hermosas joyas.
Toda la familia la contempló muda y aterrada, pero ella tenía un
aire muy solemne y muy serio. En seguida, dando media vuelta, los
precedió a través del hueco de la pared y bajaron a un corredor
secreto. Washington los seguía llevando una vela encendida, que cogió
de la mesa. Por fin llegaron a una gran puerta de roble erizada de
recios clavos. Virginia la tocó, y entonces la puerta giró sobre sus
goznes enormes y se hallaron en una habitación estrecha y baja, con el
techo abovedado, y que tenía una ventanita. Junto a una gran argolla de
hierro empotrada en el muro, con la cual estaba encadenado, se veía un
largo esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas. Parecía
estirar sus dedos descarnados, como intentando llegar a un plato y a un
cántaro, de forma antigua, colocados de tal forma que no pudiese
alcanzarlos. El cántaro había estado lleno de agua, indudablemente,
pues tenía su interior tapizado de moho verde. Sobre el plato no
quedaba más que un montón de polvo. Virginia se arrodilló junto al
esqueleto, y, uniendo sus manitas, se puso a rezar en silencio,
mientras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia cuyo
secreto acababa de ser revelado.
-¡Miren! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a
mirar por la ventanita, queriendo adivinar de qué lado del edificio
caía aquella habitación-. ¡Miren! El antiguo almendro, que estaba seco,
ha florecido. Se ven admirablemente las hojas a la luz de la luna.
-¡Dios lo ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.
-¡Eres un ángel! -exclamó el duquesito, ciñéndole el cuello con los brazos y besándola.
VII
Cuatro días después de estos curiosos sucesos, a eso de las once de
la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville-House. El carro iba
arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba
adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se
balanceaban. La caja de plomo iba cubierta con un rico paño de púrpura,
sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville. A
cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando
antorchas encendidas. Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso
e impresionante. Lord Canterville presidía el duelo; había venido del
país de Gales expresamente para asistir al entierro, y ocupaba el
primer coche con la pequeña Virginia. Después iban el ministro de los
Estados Unidos y su esposa, y detrás, Washington y los dos muchachos.
En el último coche iba la señora Umney. Todo el mundo convino en que,
después de haber sido atemorizada por el fantasma por espacio de más de
cincuenta años, tenía realmente derecho de verlo desaparecer para
siempre. Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio,
precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últimas oraciones, del
modo más patético, el reverendo Augusto Dampier. Luego, al bajar la
caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando encima de ella una gran
cruz hecha con flores de almendro, blancas y rojas. En aquel momento
salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus
silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el
canto de un ruiseñor. Virginia recordó la descripción que le hizo el
fantasma del jardín de la Muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y
apenas pronunció una palabra durante el regreso.
A la mañana siguiente, antes de que lord Canterville partiese para
la ciudad, la señora Otis conferenció con él respecto de las joyas
entregadas por el fantasma a Virginia. Eran soberbias, magníficas.
Había, sobre todo, un collar de rubíes, en una antigua montura
veneciana, que era un espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto
representaba tal cantidad que el señor Otis sentía vivos escrúpulos en
permitir a su hija que se quedase con ellas.
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Señor -dijo el ministro-, sé que en este país se aplica la mano
muerta lo mismo a los objetos menudos que a las tierras, y es evidente,
evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted
como legado de familia. Le ruego, por tanto, que consienta en
llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su
herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En
cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace
decirlo, siente poco interés por estas futilezas de lujo superfluo. He
sabido igualmente por la señora Otis, cuya autoridad no es despreciable
en cosas de arte, dicho sea de paso (pues ha tenido la suerte de pasar
varios inviernos en Boston, siendo muchacha), que esas piedras
preciosas tienen un gran valor monetario, y que si se pusieran en venta
producirían una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville,
reconocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en
manos de ningún miembro de la familia. Además de que todas estas
tonterías y juguetes, por muy apreciados y necesitados que sean a la
dignidad de la aristocracia británica, estarían fuera de lugar entre
personas educadas según los severos principios, pudiera decirse, de la
sencillez republicana. Quizá me atrevería a asegurar que Virginia tiene
gran interés en que le deje usted el cofrecito que encierra esas joyas,
en recuerdo de las locuras y el infortunio del antepasado. Y como ese
cofrecito es muy viejo y, por consiguiente, deterioradísimo, quizá
encuentre usted razonable acoger favorablemente su petición. En cuanto
a mí, confieso que me sorprende grandemente ver a uno de mis hijos
demostrar interés por una cosa de la Edad Media, y la única explicación
que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, al poco
tiempo de regresar la señora Otis de una excursión a Atenas.
Lord Canterville escuchó imperturbable el discurso del digno
ministro, atusándose de cuando en cuando el bigote gris para ocultar
una sonrisa involuntaria. Una vez que hubo terminado el señor Otis, le
estrechó cordialmente la mano y contestó:
-Mi querido amigo, su encantadora hijita ha prestado un servicio
importantísimo a mi desgraciado antecesor. Mi familia y yo le estamos
reconocidísimos por su maravilloso valor y por la sangre fría que ha
demostrado. Las joyas le pertenecen, sin duda alguna, y creo, a fe mía,
que si tuviese yo la suficiente insensibilidad para quitárselas, el
viejo tunante saldría de su tumba al cabo de quince días para
infernarme la vida. En cuanto a que sean joyas de familia, no podrían
serlo sino después de estar especificadas como tales en un testamento,
en forma legal, y la existencia de estas joyas permaneció siempre
ignorada. Le aseguro que son tan mías como de su mayordomo. Cuando la
señorita Virginia sea mayor, sospecho que le encantará tener cosas tan
lindas que llevar. Además, señor Otis, olvida usted que adquirió usted
el inmueble y el fantasma bajo inventario. De modo que todo lo que
pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las pruebas de
actividad que ha dado Simón por el corredor, no por eso deja de estar
menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra lo hace a
usted dueño de lo que le pertenecía a él.
El señor Otis se quedó muy preocupado ante la negativa de lord
Canterville, y le rogó que reflexionara nuevamente su decisión; pero el
excelente par se mantuvo firme y terminó por convencer al ministro de
que aceptase el regalo del fantasma. Cuando, en la primavera de 1890,
la duquesita de Cheshire fue presentada por primera vez en la recepción
de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas fueron motivo de
general admiración. Y Virginia fue agraciada con la diadema, que se
otorga como recompensa a todas las norteamericanitas juiciosas, y se
casó con su novio en cuanto éste tuvo edad para ello. Eran ambos tan
agradables y se amaban de tal modo, que a todo el mundo le encantó ese
matrimonio, menos a la vieja marquesa de Dumbleton, que venía haciendo
todo lo posible por atrapar al duquesito y casarlo con una de sus siete
hijas. Para conseguirlo dio al menos tres grandes comidas costosísimas.
Cosa rara: el señor Otis sentía una gran simpatía personal por el
duquesito, pero teóricamente era enemigo de los títulos y, según sus
propias palabras, “era de temer que, entre las influencias debilitantes
de una aristocracia ávida de placer, fueran olvidados por Virginia los
verdaderos principios de la sencillez republicana”. Pero nadie hizo
caso de sus observaciones, y cuando avanzó por la nave lateral de la
iglesia de San Jorge, en Hannover Square, llevando a su hija del brazo,
no había hombre más orgulloso en toda Inglaterra.
Después de la luna de miel, el duque y la duquesa regresaron a
Canterville-Chase, y al día siguiente de su llegada, por la tarde,
fueron a dar una vuelta por el cementerio solitario próximo al pinar.
Al principio le preocupó mucho lo relativo a la inscripción que debía
grabarse sobre la losa fúnebre de Simón, pero concluyeron por decidir
que se pondrían simplemente las iniciales del viejo gentilhombre y los
versos escritos en la ventana de la biblioteca. La duquesa llevaba unas
rosas magníficas, que desparramó sobre la tumba; después de permanecer
allí un rato, pasaron por las ruinas del claustro de la antigua abadía.
La duquesa se sentó sobre una columna caída, mientras su marido,
recostado a sus pies y fumando un cigarrillo, contemplaba sus lindos
ojos. De pronto tiró el cigarrillo y, tomándole una mano, le dijo:
-Virginia, una mujer no debe tener secretos con su marido.
-Y no los tengo, querido Cecil.
-Sí los tienes -respondió sonriendo-. No me has dicho nunca lo que sucedió mientras estuviste encerrada con el fantasma.
-Ni se lo he dicho a nadie -replicó gravemente Virginia.
-Ya lo sé; pero bien me lo podrías decir a mí.
-Cecil, te ruego que no me lo preguntes. No puedo realmente
decírtelo. ¡Pobre Simón! Le debo mucho. Sí; no te rías, Cecil; le debo
mucho realmente. Me hizo ver lo que es la vida, lo que significa la
muerte y por qué el amor es más fuerte que la muerte.
El duque se levantó para besar amorosamente a su mujer.
-Puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu corazón -dijo a media voz.
-Siempre fue tuyo.
-Y se lo dirás algún día a nuestros hijos, ¿verdad?
Virginia se ruborizó.
muerta lo mismo a los objetos menudos que a las tierras, y es evidente,
evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted
como legado de familia. Le ruego, por tanto, que consienta en
llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su
herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En
cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace
decirlo, siente poco interés por estas futilezas de lujo superfluo. He
sabido igualmente por la señora Otis, cuya autoridad no es despreciable
en cosas de arte, dicho sea de paso (pues ha tenido la suerte de pasar
varios inviernos en Boston, siendo muchacha), que esas piedras
preciosas tienen un gran valor monetario, y que si se pusieran en venta
producirían una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville,
reconocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en
manos de ningún miembro de la familia. Además de que todas estas
tonterías y juguetes, por muy apreciados y necesitados que sean a la
dignidad de la aristocracia británica, estarían fuera de lugar entre
personas educadas según los severos principios, pudiera decirse, de la
sencillez republicana. Quizá me atrevería a asegurar que Virginia tiene
gran interés en que le deje usted el cofrecito que encierra esas joyas,
en recuerdo de las locuras y el infortunio del antepasado. Y como ese
cofrecito es muy viejo y, por consiguiente, deterioradísimo, quizá
encuentre usted razonable acoger favorablemente su petición. En cuanto
a mí, confieso que me sorprende grandemente ver a uno de mis hijos
demostrar interés por una cosa de la Edad Media, y la única explicación
que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, al poco
tiempo de regresar la señora Otis de una excursión a Atenas.
Lord Canterville escuchó imperturbable el discurso del digno
ministro, atusándose de cuando en cuando el bigote gris para ocultar
una sonrisa involuntaria. Una vez que hubo terminado el señor Otis, le
estrechó cordialmente la mano y contestó:
-Mi querido amigo, su encantadora hijita ha prestado un servicio
importantísimo a mi desgraciado antecesor. Mi familia y yo le estamos
reconocidísimos por su maravilloso valor y por la sangre fría que ha
demostrado. Las joyas le pertenecen, sin duda alguna, y creo, a fe mía,
que si tuviese yo la suficiente insensibilidad para quitárselas, el
viejo tunante saldría de su tumba al cabo de quince días para
infernarme la vida. En cuanto a que sean joyas de familia, no podrían
serlo sino después de estar especificadas como tales en un testamento,
en forma legal, y la existencia de estas joyas permaneció siempre
ignorada. Le aseguro que son tan mías como de su mayordomo. Cuando la
señorita Virginia sea mayor, sospecho que le encantará tener cosas tan
lindas que llevar. Además, señor Otis, olvida usted que adquirió usted
el inmueble y el fantasma bajo inventario. De modo que todo lo que
pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las pruebas de
actividad que ha dado Simón por el corredor, no por eso deja de estar
menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra lo hace a
usted dueño de lo que le pertenecía a él.
El señor Otis se quedó muy preocupado ante la negativa de lord
Canterville, y le rogó que reflexionara nuevamente su decisión; pero el
excelente par se mantuvo firme y terminó por convencer al ministro de
que aceptase el regalo del fantasma. Cuando, en la primavera de 1890,
la duquesita de Cheshire fue presentada por primera vez en la recepción
de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas fueron motivo de
general admiración. Y Virginia fue agraciada con la diadema, que se
otorga como recompensa a todas las norteamericanitas juiciosas, y se
casó con su novio en cuanto éste tuvo edad para ello. Eran ambos tan
agradables y se amaban de tal modo, que a todo el mundo le encantó ese
matrimonio, menos a la vieja marquesa de Dumbleton, que venía haciendo
todo lo posible por atrapar al duquesito y casarlo con una de sus siete
hijas. Para conseguirlo dio al menos tres grandes comidas costosísimas.
Cosa rara: el señor Otis sentía una gran simpatía personal por el
duquesito, pero teóricamente era enemigo de los títulos y, según sus
propias palabras, “era de temer que, entre las influencias debilitantes
de una aristocracia ávida de placer, fueran olvidados por Virginia los
verdaderos principios de la sencillez republicana”. Pero nadie hizo
caso de sus observaciones, y cuando avanzó por la nave lateral de la
iglesia de San Jorge, en Hannover Square, llevando a su hija del brazo,
no había hombre más orgulloso en toda Inglaterra.
Después de la luna de miel, el duque y la duquesa regresaron a
Canterville-Chase, y al día siguiente de su llegada, por la tarde,
fueron a dar una vuelta por el cementerio solitario próximo al pinar.
Al principio le preocupó mucho lo relativo a la inscripción que debía
grabarse sobre la losa fúnebre de Simón, pero concluyeron por decidir
que se pondrían simplemente las iniciales del viejo gentilhombre y los
versos escritos en la ventana de la biblioteca. La duquesa llevaba unas
rosas magníficas, que desparramó sobre la tumba; después de permanecer
allí un rato, pasaron por las ruinas del claustro de la antigua abadía.
La duquesa se sentó sobre una columna caída, mientras su marido,
recostado a sus pies y fumando un cigarrillo, contemplaba sus lindos
ojos. De pronto tiró el cigarrillo y, tomándole una mano, le dijo:
-Virginia, una mujer no debe tener secretos con su marido.
-Y no los tengo, querido Cecil.
-Sí los tienes -respondió sonriendo-. No me has dicho nunca lo que sucedió mientras estuviste encerrada con el fantasma.
-Ni se lo he dicho a nadie -replicó gravemente Virginia.
-Ya lo sé; pero bien me lo podrías decir a mí.
-Cecil, te ruego que no me lo preguntes. No puedo realmente
decírtelo. ¡Pobre Simón! Le debo mucho. Sí; no te rías, Cecil; le debo
mucho realmente. Me hizo ver lo que es la vida, lo que significa la
muerte y por qué el amor es más fuerte que la muerte.
El duque se levantó para besar amorosamente a su mujer.
-Puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu corazón -dijo a media voz.
-Siempre fue tuyo.
-Y se lo dirás algún día a nuestros hijos, ¿verdad?
Virginia se ruborizó.
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Espero se tomen el tiempo para lerlo si ya no lo hieron antes, esta bueno!
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
En su momento lo lei -entero-, pero lo marque para volver a leerlo y recordarlo.

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Este fue el ultimo libro que lei, y encontre el resumen por ahi, esta bueno, me gusto tanto que se lo lei a mis hijos y por lo menos a mi hija, le encanto:
El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
I
Cuando el señor Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compró
Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad,
porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa
honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando
llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en
absoluto a vivir en ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la
duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por
completo, motivado por el espanto que experimentó al sentir que dos
manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía
para cenar. Me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma
ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven
actualmente, así como por el rector de la parroquia, el reverendo
Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Después del
trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso
quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a
causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la
biblioteca.
-Señor -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma,
bajo inventario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo
cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros,
jóvenes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente,
que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima
donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en
Europa vendrán a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros
museos públicos o para pasearlo por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-,
aunque quizá se resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de
ustedes. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión,
de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando
está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville.
Amigo mío, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la
Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord
Canterville, que no acababa de comprender la última observación del
señor Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa,
mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La señora Otis, que con el nombre de señorita Lucrecia R. Tappan, de
la calle Oeste, 52, había sido una ilustre “beldad” de Nueva York, era
todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y
un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su país natal,
adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica, y se
figuran que eso es uno de los sellos de distinción de Europa; pero la
señora Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y
hubiese podido citársele en buena lid para sostener la tesis de que lo
tenemos todo en común con Estados Unidos hoy en día, excepto la lengua,
como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres,
en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un
muchacho rubio, de bastante buena figura, que se había erigido en
candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotillón en el casino de
Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por
ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años,
esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de
despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrotó una vez en
carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque,
ganándole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de
Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan delirante en el joven duque
de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores
tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, bañado en lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con
el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre
ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más
próxima, el señor Otis telegrafió que fueran a buscarlo en coche
descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era
una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a
pinos.
De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más
dulce, o se entreveía, entre la maraña y el frufrú de los helechos, la
pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso;
unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o
sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el
cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció
invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó
calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la
casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la señora Umney, el ama de llaves que la señora Otis, a vivos
requerimientos de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a
tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
[/quote]
Cleo corrígeme si estoy equivocada pero me parece que de este libro ya se hizo una película que por cierto el otro día vi...no sé si lo estoy confunfiendo pero era el fantasma de Canterville!
Mmmmm no encontré ningun trailer de la peli pero si algo de la obra que también se ve muy buena:
[youtube][[/youtube]
El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
I
Cuando el señor Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compró
Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad,
porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa
honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando
llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en
absoluto a vivir en ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la
duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por
completo, motivado por el espanto que experimentó al sentir que dos
manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía
para cenar. Me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma
ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven
actualmente, así como por el rector de la parroquia, el reverendo
Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Después del
trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso
quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a
causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la
biblioteca.
-Señor -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma,
bajo inventario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo
cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros,
jóvenes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente,
que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima
donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en
Europa vendrán a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros
museos públicos o para pasearlo por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-,
aunque quizá se resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de
ustedes. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión,
de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando
está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville.
Amigo mío, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la
Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord
Canterville, que no acababa de comprender la última observación del
señor Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa,
mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La señora Otis, que con el nombre de señorita Lucrecia R. Tappan, de
la calle Oeste, 52, había sido una ilustre “beldad” de Nueva York, era
todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y
un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su país natal,
adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica, y se
figuran que eso es uno de los sellos de distinción de Europa; pero la
señora Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y
hubiese podido citársele en buena lid para sostener la tesis de que lo
tenemos todo en común con Estados Unidos hoy en día, excepto la lengua,
como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres,
en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un
muchacho rubio, de bastante buena figura, que se había erigido en
candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotillón en el casino de
Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por
ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años,
esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de
despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrotó una vez en
carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque,
ganándole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de
Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan delirante en el joven duque
de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores
tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, bañado en lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con
el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre
ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más
próxima, el señor Otis telegrafió que fueran a buscarlo en coche
descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era
una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a
pinos.
De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más
dulce, o se entreveía, entre la maraña y el frufrú de los helechos, la
pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso;
unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o
sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el
cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció
invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó
calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la
casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la señora Umney, el ama de llaves que la señora Otis, a vivos
requerimientos de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a
tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
[/quote]
Cleo corrígeme si estoy equivocada pero me parece que de este libro ya se hizo una película que por cierto el otro día vi...no sé si lo estoy confunfiendo pero era el fantasma de Canterville!
Mmmmm no encontré ningun trailer de la peli pero si algo de la obra que también se ve muy buena:
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Sip salio peli, pero es mas lindo leer un libro. o no???
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
cleopatra escribió:Sip salio peli, pero es mas lindo leer un libro. o no???
Seeee no cabe duda que los libros siempre serán mejor que las peliculas!
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
che, ese libro tiene más de una película, y tiene una (poco recomendable) comedia musical de Cibrián - Mahler...
es una historia muy linda
es una historia muy linda

Terpsicore- Veteran@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
si la verdad que si...lamentablemente el libro no lo he podido leer..mas que la peli que por casualidad un día la vi..pero segura estoy de que el libro supera con creces a la peli!
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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el "resumen" del fantasma de canterville
de donde sacast la palabra RESUMEN pelotudo!!!!!!
es el libro entero idiota!!!!
es el libro entero idiota!!!!
anonimo.- Invitado
Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
uyy que genio el anonimo, por cierto si hay varias pelis sobre el fantasma de canterville
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RIPIEN- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
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RIPIEN- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
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RIPIEN- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
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RIPIEN- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
tambien en resumeeen como cleo,, jaja en cuatro partes, y sale alyssa milano
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RIPIEN- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
EN RESUMEN...EL ANONIMO PARECE TENER UN PALO ATORADO EN EL TRASERO! EJEJEJEJE 
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
1. El resumen SI es un resumen. Me parece que el anónimo no lo leyó (el libro).
2. La peli también la vi, y no está tan mal -aunque es un toque rara-. Otro libro que se llevó al cine y también tiene una onda parecida en su versión cinematográfica es "Otra vuelta de tuerca", de Henry James (creo).
2. La peli también la vi, y no está tan mal -aunque es un toque rara-. Otro libro que se llevó al cine y también tiene una onda parecida en su versión cinematográfica es "Otra vuelta de tuerca", de Henry James (creo).

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
NI IDEA...PON UNA RESEÑA!
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
ese liro tine tantas pelis es muy conido
y ps mmuy chido a mi me gusta mas el libro
en la spelis s e omiten muchas cosas
y ps mmuy chido a mi me gusta mas el libro
en la spelis s e omiten muchas cosas
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new god- Ciudadan@ amistos@

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Asi es...Eso pasa en todas las pelis...Siempre el libro supera con creces a la peli..De ejemplo tenemos EL PERFUME.
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Es tarde y tengo la vista algo cansada , cuando pueda lo leo

casta y pura- Ciudadan@ experimentad@

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Sip...Cuando regreses en año nuevo.
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Bueno, el libro tiene la magia de adaptarse a nuestra imaginación. La película no puede con eso...

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Y nunca podrá...Además te das pausas mientras lees para saborearlo e imaginarte toda la situación...al menos ese es mi caso!
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LITFF- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Si, la lectura es incomparable.

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Eso sí, está bueno cuando después hacen la peli y descubrís que sale algo muy parecido a lo que te habías imaginado...
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Es preferible permanecer callado y parecer idiota que abrir la boca y despejar la duda definitivamente. (Groucho)

Terpsicore- Veteran@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
A mi me pasó lo diametralmente opuesto: vi El resplandor y al toque leí el libro -que es larguísimo- y no podía dejar de imaginarme a los protagonistas iguales a la peli. Pero la historia del libro es muchísimo pero muchísimo mejor que la película.

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Resumen
Si eso es un resumen
! Yo estaba necesitando la historia basica, ya que el libro lo lei el año pasado, y este año en la escuela me lo pidieron de vuelta, pero no tengo el tiempo suficientee como para leerlo
. Por favor, si alguien lo sabe, avisenme en: cawhiterec@hotmail.com
Qeeimi- Invitado
Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
wuachoo escribió:hola wuacho sabes como s ehace el xxx
Pero que boludazoooooooooo
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
¿? Yo no entendi.
Pero Qeeimi estaba pretendiendo que le hagamos la tarea... aaaah guachín...
Pero Qeeimi estaba pretendiendo que le hagamos la tarea... aaaah guachín...

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Otro mas que quiere le hagan la tarea....
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Cleopatra- Guerrer@ de Maldivas

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Re: resumen, muy resumido de el fantasma de canterville!
Ya se parece a Jaju Respuestas 

wakeman- Guerrer@ de Maldivas

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